jueves, 12 de abril de 2018

MALVASÍA, DE ANTONIO TRUJILLO (I)




La obertura de la obra sinfónica que representa Malvasía  (2017, San Cristóbal: Acirema), la constituyen sus dos primeros poemas breves.

El primero redunda  en los principales temas de la poética de Trujillo. Y redunda intencionadamente,  espoleando a los descreídos de la poesía, con la memoria del árbol y el ave. Una y otra vez, la poesía es esto y, sin embargo, surge en permanente ejercicio de re-creación, como si siempre fuera nueva.

Es la misma escritura, por una parte, y, no obstante, al evocar  la Sagrada Escritura judeo-cristiana en sus primeros versos del poema-mito de la creación, según los cuales el espíritu-aliento  (ruah generadora, en hebreo, femenino)  es el que aletea sobre las aguas, esta mismidad se hace partícipe de una fuerza que la hace otra: creación original. Es así la vida, como es la poesía.

Palabra y madera, los eternos tópicos de Antonio, vuelven a asomar en sus versos. Para el poeta y carpintero-artesano, la palabra es labrada, como la madera; del mismo modo como es  labrado el ser. Del barro fue moldeado el primigenio humano, en la antigua cultura constructora en arcilla, arraigada en Oriente Medio. De maíz es creado el ser humano, en la cultura meso-americana. De madera –en otro mito germinal- gusta crear y recrear el ser, el poeta Trujillo.

Así, abrir el texto al lector es hacerlo cómplice de la obra creadora que se inaugura. Pero es también, y aquí viene el segundo poema, prepararse para un viaje. Es, en el caso de Trujillo, el viaje del que se lanza a la aventura marítima. El barco será la casa. Las vigas ya anuncian el mar. Un poema del cuerpo del texto se referirá a este carpintero de orilla, sin taller, a descampado, alojado entre dos inmensidades: la del bosque y la del mar.

El viaje físico anuncia el otro, el de la interioridad. La lija del carpintero es poca para tal viaje. Dios y el viento hacen su tarea. Naturaleza y Misterio se hermanan. Universo, cosmos, energía, Dios, trascendencia: la religión tradicional estalla, como los nudos de la madera. La madera es una; otro el aliento del artesano: sus idas y retornos, sus proyectos y deseos; el alma / de entrar y salir. Es hora de la partida.

La portada escogida, fotografía de Fina Gómez, Premio nacional de fotografía 1992, completa la obertura: una barca desvencijada en la playa. Es posible que a esta, le suceda otra barca que se adentre en el mar. El lector está listo para abordarla.



MALVASÍA COMO DINÁMICA ESPIRITUAL INICIÁTICA (II)

A partir de Corpus Christi (1952), hay en Malvasía un conjunto de cinco poemas dedicados a la memoria familiar y de infancia, marcados por el asunto de la fe religiosa. Se aborda en el primero de ellos la visión tradicional del padre; parece compuesto a partir de una antigua foto en la que se atrapa al padre, en el contexto de la elaboración artesana de una alfombra de flores para la procesión de Corpus Christi. La fe paterna queda asociada a la “flor” (símbolo de pureza y santidad) y a la elevación (“otra alfombra”, más allá de “la calle (que) es de tierra”), a lo celeste (“el nombre azul”) y a las imágenes nimbadas de San Antonio y de una virgen con ojos de misterio (que evoca la imagen de la virgen de Guadalupe, cuyos ojos han sido objeto de estudio al microscopio).

Otro modo de fe tradicional representa la abuela republicana. Desde el silencio religioso impuesto a los vencidos, “habla y apenas/ roza las palabras”. Y, sin embargo, “dicta desde el arca”, desde lo arcano de su saber, desde lo bien guardado. No se somete a las nuevas generaciones, con Dios ausente: “¡búrlense! ya Dios/ se burlará de ustedes”. Ni tampoco a la religión que representan los vencedores de la guerra española: “¡el fascista de tu padre!”.

La fe de la madre, por otra parte, se entrega a las cartas, hojas de millo y duraznos que le hablan: “Sota de oro/ y rey de espadas”. Ella guarda las palabras acerca del hombre que amó: “ni ha muerto/ ni regresa”. Guarda “esas palabras” en el corazón, como María, la madre del galileo Jesús,  que, en el relato del Evangelio cristiano de Lucas, guarda lo acontecido (Lc 2, 19 y 51).

El yo poético del siguiente poema, se reconoce en la infancia –en un tú con el que dialoga-. El niño supera los miedos, traspasa las prohibiciones, levanta losas. El cielo, y con él las visiones religiosas tradicionales que anteceden, es hundido en un aljibe, ahogado. Algo nuevo sucede. La transparencia del agua. Las piedras del fondo. Un abismo –el primero de la vida, que tantos otros prepara-. Dios.

Otra experiencia espiritual, sanadora, de la infancia -ahora no diálogo, sino memoria-, recoge el ritual sagrado de haber sido marcado “con sangre de drago”. Hace referencia el poeta al hecho de ser colocado horizontalmente, en brazos de un oficiante, con los pies en contacto con el árbol de drago, previamente recortado -y sangrante- para el ajuste en la madera de los pies del niño. El niño sanó. El vínculo con el árbol marca su vida. El poema remite a esta experiencia espiritual que guarda -al yo poético actual- “en lo salvaje”, en la religión natural, de la vida y la planta. El poema termina con un reto, “ver si puedo”, frente a visiones espirituales tan diversas, “atar”, y, finalmente, atreverse a la libertad espiritual, “cruzar a nado// la playa/ de mi espíritu”.



MALVASÍA: “EL MAR LA LLAMA” (III)

Luego viene el mar, las aguas. Me refiero ahora a un conjunto de poemas entre las páginas 18 y 37. Es el mar que trae a tierra antiguos dioses náufragos para someterlos a nuevas divinidades.

Mar que sobrevuelan aves salvajes, misterio que se ofrece. Síntesis espiritual entre el dios tradicional de convento y tridente, y el más libre, de arena y pájaro. Ave -cernícalo- que se eleva y desciende, que oscila entre el arriba de “prestigio” y el abajo del instinto. Ave que atraviesa riscos y planea sobre el estanque, herida de sol. Ave que, en cierto instante, se deja llevar por la luz, por el sagrado impulso del vacío.

Y en la mar, la fiesta. La malvasía del título, es entonces el vino canario, apreciado desde antiguo en Inglaterra y Norteamérica. Es vino que se transporta -y se añeja- en el vaivén del océano;  fiesta (“lumbre”) de las islas, para disfrute abierto con otros pueblos. Malvasía es también la variedad isleña de la uva a quien, desde lo profundo, “el mar la llama”. Y es, en juego de lenguaje, mar-vacía, palabra que se hunde y renace.

El trayecto niebla-mar-islas-mar-sombra se recorre en uno de estos poemas, excelentemente logrado desde la perspectiva estructural (p. 27). Recuerda aquellos versos del emigrante isleño Armando Hernández Quintero (Odiseo, Cantos Alisios, 15), que a su vez recoge la memoria del antiguo relato griego de Ítaca y Odiseo:
sólo una trasparencia / que a veces se pierde, / y el mar / aquí / y allá.
De él salieron palomas de nieve y fuego, / por él transcurrimos.
(Con una notable diferencia: en Odiseo, el mar es “Condena infernal”; en Canción de mar - Malvasía, el mar luminoso se vuelve cielo. Es curioso el mismo lenguaje del mito cristiano de fondo, bajo los términos contrapuestos: cielo-infierno).

Y luego, en alta mar. Ya sin aves. El humano acontecer. Las mismas diferencias. Proa y popa, dos modos de ser. Jolgorio incontenido en proa; espíritu reposado, de luz y agua, en popa. La muerte acompañada hasta las aguas, en una sábana de resucitado.

De nuevo, las aves anunciando las islas, los volcanes, la cercana costa, el puerto. Trinidad, Jamaica o Borburata. Ya en tierra firme, el mar hecho memoria de cielo.

  

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