miércoles, 12 de julio de 2017

Sobre Gato disperso, de J. Balza


Gato muy disperso

A J. Balza


Grabo en mi celular. Amanecí con una idea obsesiva. Debía poner en claro aquellas notas garabateadas en la sala de espera del terminal de transporte y archivadas en la carpeta de papeles por revisar hará cosa de dos años. 

Las busqué y allí estaban. Mantenían la frescura de lo espontáneo junto con una confusa intuición que hoy me proponía decodificar. El relato “Gato disperso” había despertado en mí una curiosidad inusual y me había empujado a ponerle nombre a algunas de sus dispersiones. Continúo mi grabación a partir de aquel primer ejercicio nominatorio. 

Descubro en el texto un primer recorrido que va del narrador al amigo escritor, y de éste a la historia de una muchacha con gato –llamémosla así. El desplazamiento ocurre con un orden: del texto a la historia que lo generó. Así: Narrador à Amigo escritor à Historia de la chica con gato. Es la secuencia final del texto con el que me encontré: el narrador evoca al amigo, y tras el amigo aparece la muchacha.

El recorrido inverso va de los hechos al texto, según un orden cronológico que pone de manifiesto el proceso de producción literaria: en primer lugar, está la historia de la muchacha; el amigo escritor la recoge en una especie de crónica de sucesos, con la particularidad de que al escribir se hace partícipe de la historia involucrándose en ella; la crónica generada la guarda por años, hasta que decide contársela en una carta a su amigo -el narrador del relato en cuestión-, quien, finalmente, la ofrece a modo de ejercicio narrativo.

Un esquema ayuda a la comprensión de lo que voy estableciendo:

FORMA TEXTUAL (Historia)à    Crónica           à        Carta à                  Ejercicio narrativo
NARRADOR           (hechos) à     amigo escritor  à       amigo escritor à       narrador final             

En resumen, puede establecerse un doble recorrido: desde el texto a la historia o de los hechos al texto, siguiendo bien sea la secuencia del relato o el orden temporal. 

Echando una mirada amplia a cuanto voy diciendo no se puede dejar de plantear el asunto hermenéutico en cuanto práctica dialógica entre los textos producidos –a lo largo de estos recorridos- y los respectivos lectores –de la vida y de los textos-. 

El primer ejercicio hermenéutico se realiza ante los hechos ocurridos. ¿Qué sucedió realmente? Los detalles se nos escapan, pues llegan mediados por una cadena de textos y re-lecturas. El amigo escritor recoge los hechos fundamentales en una especie de crónica. ¿Cómo los interpretó? ¿Cuál era su interés al recogerlos? ¿Quería mostrar alguna verdad oculta o, tal vez, contarse a sí mismo los afectos que la muchacha despertaba? ¿Qué características asignó a cada uno de los personajes –la abuela, el nieto y la nieta, el propio escritor- en el relato? ¿Qué papel jugó para él lo mágico, lo real maravilloso, lo misterioso –o cualquier otro atributo con el que quiera uno referirse al gato aparecido el día del enterramiento-? ¿Cómo signó el relato la honda impresión que en él causó la muchacha?

El asunto es, que al cabo del tiempo el relato es transformado. Ahora toma forma de carta, con el obvio deseo de compartir lo escrito con un destinatario. Pero de nuevo surgen las preguntas. ¿Cómo leyó la crónica el propio autor tras los años transcurridos? ¿Qué novedades encontró en ella? ¿Cuáles eran los nuevos intereses del escritor al reescribir la historia? Y dado que el destinatario era otro escritor, ¿qué papel jugó entonces lo literario? o ¿se trataba de un sutil deseo de comunicar las cuitas del corazón? 

Finalmente, el lector de la carta realiza un doble movimiento hermenéutico, primero al leerla y luego al proponer un nuevo texto, “ejercicio literario” que transfigura la carta. ¿Cómo recibió la carta el lector? ¿qué intuyó detrás de ella? ¿Había un simple deseo de presentar la relación de unos hechos lejanos, oscuros? ¿o de establecer una relación literaria productiva? ¿o –más allá de eso- abrirse a la confidencia de la amistad? Y al transformar todo aquello en un nuevo relato, ¿qué claves narrativas quiso comunicar el escritor? 

Respondiendo algunas de estas preguntas, el lector actual se adentra en los diversos planos del relato y realiza un ejercicio de lectura fecundo y gratificante. 

Al terminar de grabar estas palabras, las transcribo y ajusto su sintaxis. Es un nuevo relato que publicaré en mi blog. Antes de hacerlo pienso en el Quijote, esa obra maestra en la que ya Cervantes jugaba con los diversos escritores ficcionados (el autor anónimo de los ocho primeros capítulos, Cide Hamete Benengeli, el morisco anónimo que traduce al castellano los manuscritos árabes hallados por el Narrador, los académicos de Argamasilla, autores de los poemas donados al Narrador), así como con los diversos géneros literarios. Y eso me lleva a otro conocido e interesante relato venezolano: Historia de alguien. Pero no me detengo en él. 

Repaso en un flash mis años de acercamiento a la Torah hebrea, en el marco de varios seminarios universitarios y talleres de hermenéutica bíblica popular. Croato, un pensador argentino, dejó bien asentados los análisis de los textos en claves hermenéuticas. En particular, ayudó a descubrir los entretelones y fisuras de los textos, y cómo los nuevos acontecimientos, tales como exilios y reconstrucción del templo de Jerusalén, dejaron una impronta imborrable en su re-escritura. 

Otro escritor norteamericano, Gottwald, puso el acento en las condiciones socio-literarias de producción de las diversas narrativas: los intereses de los escritores y los colectivos a los que pertenecen marcan sus palabras. 

En fin, los filósofos europeos –algo leí en Ricoeur- llevan años ¿o siglos? en eso de dilucidar los asuntos hermenéuticos. El texto y el lector entran en diálogo. Sus realidades no son cerradas y objetivas. Sus horizontes –característicos de la aperturidad que los constituye como entes- se entrecruzan en el ejercicio de leer. Y ambos –texto y lector- quedan en algo transformados. Ni el texto ni el lector serán los mismos.

Vuelvo a una imagen del relato “Gato disperso”: la mezcla de licor y frutas tropicales que el Narrador ofrece (y se ofrece). Es la metáfora de la sabrosa y compleja realidad que constituye la vida que llevamos y los textos que leemos y escribimos. Salud.


Nota: puede leerse 5/7 del relato en https://books.google.co.ve/books?isbn=980002204X, pp. 85 en adelante; y allí encuentras la información bibliográfica. 




miércoles, 29 de marzo de 2017

Ramón Palomares y sus muertos vivientes





Conozco un estudio sobre la escritura de Palomares y la muerte. Se trata del importante texto de Beatriz Pineda de Sansone,  publicado en la Revista de Literatura Hispanoamericana No. 36 (1998): 25-42, titulado Cosmogonía en la obra de Ramón Palomares. Su primer apartado: El espacio y la muerte en la obra de Ramón Palomares. Se trata de un acercamiento -muy baudeleiriano- a la muerte desde el espacio –los espacios- en los que ésta se instala.
Mi acercamiento a la muerte en los textos de Palomares será algo diferente. Me referiré principalmente a la trama relacional de los vivos con los muertos, tan propia del imaginario (constructo social, si se quiere) popular venezolano y andino.
La pulsión de escribir sobre el tema se origina  en el encuentro con ese texto maravilloso en prosa que es Recorrido con ausentes. Mientras lo leo, traigo una y otra vez algunos de los poemas anteriores, especialmente los de Gran Leyenda (en Paisano) y Adiós Escuque. Esa será la ruta que trazo para este ensayo, con Recorrido con ausentes como guía para el viaje.

Diferentes muertos
Palomares comienza enumerando algunos de los muertos, tan diferentes, y tan igualmente muertos:
Asesinados: en sus tumbas sangrantes.
Ahogados: regresando con los ojos llenos de limo y peces.
Ausentes: rodeados de fulgor, semejaban presentarse a cada instante.
Tocados de desmayo: con un chisporroteo entre los ojos.
Los asesinados en sus tumbas todavía sangrantes y los que murieron del aire y la ausencia… Los ahogados habían regresado con los ojos llenos de limo y peces, pero los ausentes tenían una imagen rodeada de fulgor y semejaban presentarse a cada instante.
Otros habían sido tocados de un desmayo, habían sentido un frío y se encontraron en una gran sábana blanca tan ligera y amable que se volvieron al tiempo suave de la  inercia con apenas un chisporroteo entre los ojos.
Vuelve sobre los asesinados y sobre los muertos en venganza, en el suelo, con la sangre escurriéndose….
…de esos conocí el suelo. Y en la sangre que se escurría debajo de un grupo de curiosos…
Y era aquel un muerto de venganza…
Uno de los poemas Baile (en Pasiano) ya tocaba el tema cercano de los muertos por rabia o venganza.

Te entró candela por los ojos
y espinas y pringamosa
y leche de muerte…
…mugiendo de rabia.
Cuando se prende el baile
estás de repente y vas a arrojar puñales
y pintas de rojo el suelo
como si fueras gran aguardiente.
Detrás tuyo van los que te quieren ver
con la cabeza vuelta sanguaza.

La fiesta, la música y la muerte
Continúa el relato describiendo algún acontecer de muerte en contexto festivo. La fiesta, la música, el baile, una mujer que sigue al forastero, un hombre celoso que acaba con su vida….
Eran muchos en esa esquina de la plaza desusadamente iluminada, porque otra vez eran Fiestas… Y era aquel un muerto de venganza, un tal ¿Vieras?-¿Rieras? Forastero. En la oscuridad de noches y noches, en la iluminación repentina de fogonazos y relámpagos Ella lo había seguido, y había caído él como otros antes, arrastrado desde el pecho, pálido y boca arriba, y era así como entraba en la eternidad: los ojos abiertos y la imagen de una fiesta en el pequeño espejo nublado.
¡Y qué de músicas retumbantes y agudas para enredar esos pies desgonzados!
Otro de los poemas Baile (en Paisano) evoca una experiencia similar. Un valse, aguardiente, ira (brasa en los ojos), aguardiente trocado en sangre, el puñal, el reloj que da las tres, el charco de sangre… Apunto completo el poema, que no tiene desperdicio en el modo de acercarse a esta experiencia de un modo tan vivo y poético. El narrador presente y el final crítico y auto-crítico por una sociedad que “soporta bien” (sin corazón) la violencia de muerte.

—Toquemos el valse.
—Aclaremos el instrumento.
No van a decir que olemos a azufre
Ni que tenemos rajada la garganta
Ni que dejamos el corazón
y no tenemos corazón
y no pueden ver que no traemos corazón.
Aquí venimos a tocar:
A las dos de la madrugada tendrán brasas en la frente,
a las dos y media tendrán brasas en los ojos,
a las dos y tres cuartos beberán sangre en vez de aguardiente,
[sangre,
y a las dos y tres cuartos cantarán
y a las dos y tres cuartos estarán girando,
girando a las dos y tres cuartos con un puñal,
con un puñal y una candela en la frente
y el sonido agitará las aletas de la nariz,
y ya irán a ser las tres,
las tres y el círculo estará muy estrecho,
muy estrecho a las tres, que casi llegan al centro,
y ella es una gallina que corre debajo del ala del gallo,
y ella se despliega y se le sube la falda
y tocamos arrequintando y dándonos gusto en el cambio,
dándonos gusto, dándonos gusto hasta
que él se vuelve un hombre rojo
y se mete en el pecho de los demás
casi a las tres, casi a las tres, antes que de la torre venga
[la campanada,
vuelto un toro se arrima debajo de ella
hasta que las criznejas se le deshicieron y le queda el pelo
[regado.
Y entonces pasa el viento caliente, el viento que quema
[el corazón
el que sube la mano armada,
el que hunde en la espalda muchas veces,
el que acaba, cuando las tres suenan y
se pierde el último rumor
en el charco desaparecemos
en el rojo desaparecemos
en el caliente rojo desaparecemos
sin que nadie notara, notara
que olíamos a azufre
y que nuestra garganta estaba rajada
que no trajimos corazón, que vinimos sin corazón.

El juego de envite y azar, y la muerte
Otra situación que ocasiona la muerte es el juego y la ambición. El azar se tuerce y pronta está la muerte.
La noche… Hay dados y barajas y bolsitas repletas de monedas. Hay oro, plata y copas sombrías. Y bajo el ala de los sombreros el azar había torcido y retorcido y vuelto a retorcer su largo hilo, su ascenso y descenso.
El poema El jugador (en Adiós Escuque), sin enunciar expresamente la muerte, asocia –con un comienzo en primera persona, que pasa a tercera- la vida al juego.

Yo soy como aquel hombre que estaba sentado en una mesa de juego

En la tarde de la vida todo va bien, el jugador se llena de plata, oro, joyas, prendas…; le llegan mujeres que le ponen los brazos al cuello… Al pasar la medianoche…

Entonces eran como las doce Y el reloj
dijo a dar las doce
Y al ratico nomás quedaba la casa
Y desaparecieron las mujeres Y vio los montoncitos de
Ceniza
Y se quedó desnudo
Y se puso a llorar
Ai se dio cuenta Que todo se le había vuelto noche
Y resplandores nada!
Todo de luto y hosco
Y esos ojos de él vieron una luz
y volvieron en sí
Y volvieron a mirarse como era él
Y tendió la mano sobre los montoncitos de ceniza
sonriendo
Ya me voy –dijo
Me voy como me vine –dijo
“Adiós”

Este adiós es la despedida de la vida. Del juego vuelto nada y riesgo de muerte por venganza o ambición –tema del relato en prosa-, se ha pasado en el poema una perspectiva más existencial. La vida toda es como un juego. Al llegar al final todos nos encontramos desnudos, como nacimos. Tras la muerte, sólo ceniza.

La propia muerte
En consonancia con este tema es de hacer notar cómo, en el relato que nos sirve de guía y en un giro narrativo, introduce Palomares la propia muerte: la suya, la del lector. Una muerte semejante al sueño, disolución sin pálpito entre las olas o en el viento.
Puede quedar uno en su sueño junto al mar en el temor sombrío de las olas, y puede quedar como el sonido de una nota pequeña que se deja llevar de la amenaza y se disuelve de manera insensible en el viento, pues en efecto cortamos dos flores y una de ellas, la del sueño, ha quedado flotando para siempre sin mente y sin pálpito.
Uno de los poemas Abandonado (en Paisano) pone en boca del difunto palabras que reflejan su propia disolución: tierra, hoja podrida, lluvia, agua… Finalmente: sueño.

Hasta que la cara me quedó como tierra pelada,
que no tuve cara,
que se me fue apagando la vista,
que se me fue deshaciendo la boca
y quemándoseme la lengua.
Me puse como una oscuridad
y rodé hacia las espinas entre el olor del naranjo
y me dolió mucho la espalda clavada y la nuca clavada
y me salía tristeza.
Y no era sino una lluvia
vuelto hilacha,
y olía como hoja podrida
vuelto los ríos,
vuelto la agüita que baja por los zanjones.
Me volví puro llorar, puro llorar
y lamentarme:
No me hagás más daños.
No me hagás como ropa que se remoja.
Y quedé enterrado debajo de la iglesia,
soñando.

Voces y diálogos entre vivos y muertos
Son comunes en la poética de Palomares estos diálogos entre vivos y muertos. Además de los poemas aquí traídos, habría que recordar Pajarito que venís tan cansado, entre otros.
Desde la vida se escucha a los muertos. No se van del todo. O van y vuelven. Intentan regresar. Luchan contra el olvido. En ocasiones arrojan gritos, maldiciones, exigiendo justicia, venganza.
Los primeros a nuestra cabecera —Recuérdame. Recuérdame… Jura que no quedaré impune…
—Me recordarás? …El padre que yo conocí tenía tu nombre. La ternura viril que me enseñaron venía de ti.
Entre los gritos que escuché hubo siempre un acento perdido, se trataba de un coraje que llegaba hasta el fin ya sin aliento y sin que el esfuerzo desmedido encontrara justificación en sus resultados…
—Pero yo siempre te busqué, nunca evité enrostrar a tu enemigo…
De los que habían soltado alguna maldición al morir y habían jurado sobre un más allá…
Cuando se van, se les despide como al viajero. Son gente querida de la que se espera el regreso.
Adiós. Sí. Como en alguna tarde, como en algún amanecer. Como mirando el tren y la reata de bestias o más allá la novia, la madre, el amigo que va por algún cruce de senderos.
El poema Despedida de Laurencio es de una entrañable ternura, dentro de este “género” poético que otros llamarían diálogos de ultratumba; y aquí preferimos llamar diálogos de amistad, en el marco de esta cosmovisión andina en la que muertos y vivos no pertenecen a mundos separados. El poeta (Siete, Poe, como lo llamaba Laurencio) habla despidiendo al difunto (Laurel, Laurelito, Zorro) durante el trayecto de la casa a la iglesia, y de ahí al cementerio. Los cantos (entrecomillados) de Laurencio traen la vida compartida por ambos. La gente alrededor, sus palabras que resuenan, no alejan al poeta del viaje junto al amigo. Sigue su diálogo de consuelo mutuo y despedida. Termina en flores, un volantín elevándose y pajaritos por el monte (¿no son Laurencio?, como en Pajarito que venís tan cansado -¿no sos Polimnia?).

Y comoibaquedarme con los demás No yo me Fui abajo
bien abajo
solo.
Elevaban un volantín
un volantín
por el matadero y lejos
“Las aves cruzan los campos”
miré el cielo
Voltié
Ya no eras más que Flores
Flores
—Adiós Rucha. Adiós Mi Poe, Sietecito
Adiós
—Sí Zorro, Sí Laurel
Adiós
Se fue yendo la gente, yendo
y unos pajaritos, unos pajaritos por el monte

El encuentro con los muertos
El poema dedicado a Laurencio resalta la despedida en el momento de la muerte; no obstante, los muertos no se van del todo, ahí están, bajo la imagen del pajarito… o como Ánimas conversadoras que se acercan a la puerta y entran en casa. Son los amigos que vienen a saludar… Exigen con toda su fuerza no olvidarlos. Es el caso del poema El corazón atendiendo una visita:

        Imagínese que le tocan la puerta
        Ya está dormida
        Y vienen y le tocan
                        "Adelante! Adelante ¿Quién?..."
Ai entran El Cerezo, El Almendrón, Pandeaño, Hojalapas...
                        "¡Ánimas Benditas ¿Qué es esto?"
        —Antes que sepás lo que somos
        Oínos bien
        Oínos
                   Acordáte suficiente todo lo que por vos
                   sufrimos, aguantamos, callamos, esperamos, trasnochamos, morimos.
                   Y no nos des con las patas
                   Ni nos dejés Ni te olvidés
                   —Ingrato—                   
                   Como si nada nos debieras.
                  …
        Y entraron y tomaron asiento allí
        Resplandeciendo
        Venían de visita Venían a saludar
        Pero mi corazón pensó "Ya no soy uno de ellos"
        Yo y mi alma, perdidos del frescor.

Al final del poema se toma distancia de los muertos: “Yo no soy uno de ellos”. Es lo que piensa el corazón. Pero queda la duda, una cosa es lo que piensa el corazón... El texto en prosa que considero aquí también arroja la duda sobre la situación del narrador. ¿A qué esfera pertenece? ¿No está ya con los suyos, reencontrándose en los recuerdos?

¿Pero dónde habré visto esa musgosa piedra cerrada de boñiga? Era el recuerdo que llegaba cojeando, entre monturas  viejas, pellones de hilo multicolor y gavillas de pasto reseco, una vieja máquina de hacer fideos y una vitrola…

¿Qué situación nueva es ésta?

—Pero dónde habré visto esa gente de ademanes lentos, rostros como vidriosos, cuerpos asombrados e ingrávidos como si al pasar no asentaran volumen alguno sobre la vida. Miraban con tristeza desde su límite y se quejaban al cerrar y abrir de sus párpados.

El tema de la queja y el límite de los muertos, en su nuevo tiempo, se recoge especialmente en el poema Mi madre se despide. La madre recorre brevemente su vida de sufrimientos, hambres, enfermedad y pobreza.

Qué tiempo es éste que no tiene sábados
Qué tiempo es éste todo esperas
Adónde están las fiestas que dijeron
Los domingos que decían Dónde fueron!
Perdida en mis enfermedades
Asaltada por fieras hambres

Es una honda queja que hasta a Dios llega. Desde la oscuridad del suelo.

Dios Qué fue de tu misericordia!
Me remedié con haces de leña
Con remojo de ropas me sustentaba
Pero este cuerpo no resistía su carga
Agachado se hundía y se apagaba
Ai fue cuando les dije a ustedes
—“Hijos que me han costado tantas muertes
Vayan y acójanse a otro pecho
Dios no desampara al que cría
Ya los veré si un día regreso”
Sólo Dios sabe que al volver
No tuve ya paz ni remedio
El alma vuelta unos breñales
y el corazón borrando nieblas
Jesús Por qué un pago tan grande
Dime por qué todo es tan negro
Si te ofendía nuestra pobreza
¿Por qué nos aventaste al suelo?


Muertos tristes en la despedida y en su disolución. Y sin embargo, muertos que entablan diálogos con los vivos, desde su ingravidez y límite; o desde su forma natural de agua, viento o pájaro; o incluso son muertos que regresan y se introducen hasta la propia casa.

jueves, 23 de marzo de 2017

Nada había por las calles


imagen tomada de http://elarpamagica.blogspot.com/2011/10/es-imposible.html

Logos o pasión creadora

“Nada había por las calles”. Así comienza el relato poético de Ramón Palomares El amor que duerme, el amor que despierta, uno de los breves textos narrativos que abren su obra Vuelta a Casa.  Se me antoja un texto con una raíz muy profunda en el mito creacional de la escritura judeo-cristiana. Específicamente Génesis, capítulo 1, versos 1 a 24; se trata del comienzo de la llamada Torah o Pentateuco, según lo nombran las diversas tradiciones religiosas. Abordo en este ensayo estos vínculos radicales.
La temática religiosa, no está demás decirlo, es un eje que recorre toda la obra de Ramón Palomares. Ya he tratado en otra parte los  estrechos vínculos de El vientecito… con Cantar de los Cantares (http://cultura-barrio.blogspot.com/2015/09/el-vientecito-suave-de-ramon-palomares.htmly); cabría agregar una infinidad de poemas en los que recoge los tradicionales aconteceres religiosos de la aldea, así como cierta terminología que expresa la simbólica tradicional cristiana: el Reino, lo celeste…  Es el marco desde el que despliego los apuntes que siguen.
Acoto, no obstante, que quien pretenda encontrar en los textos de Ramón Palomares una visión de la religión apegada a la oficialidad institucional o de academia teológica quedará defraudado pues un poeta es un poeta es un poeta…. Incluso tratándose de textos de narrativa breve como éste en estudio. Muy al contrario, en diálogo de intertextualidades, se asoma la apuesta por un universo originado en el Amor, por una palabra surgida de la pasión, como modo muy propio de la fecundidad  creadora latinoamericana, frente al discurso occidentalizado impuesto.
El primer párrafo de El Amor que duerme… describe la quietud nocturna, el vacío en las calles, la oscuridad total. Ningún animal, búho, rata o escorpión, que quebrara el silencio. Y en esta quietud, el cielo inmutable. El relato mítico de Gn 1, 2, por su parte, describe así el mundo pre-creado:
Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.
El vacío y las tinieblas son los dos rasgos que toma Palomares para situar el relato de un pueblo nocturno de los Andes venezolanos en un plano telúrico más universal.
El espacio pre-creacional no es una nada absoluta, como la ideó el cristianismo a partir de ciertas concepciones filosóficas helenistas; no lo es, ni en el texto hebreo, en el que todo surge de los iniciales caos y oscuridad, ni en el texto de Palomares, en el que el vacío y la oscuridad se concreta en unas calles de pueblo, con casas apagadas, piedras y hierba, humedades… y un cielo inmutable.
Al Macondo genesíaco de García Márquez, y al Comala escatológico de Rulfo, ambos pueblos míticos, agrega Palomares este innombrado pueblo precreacional, preludio quieto del naciente Amor.
Y comienza el juego de contrastes, el discurso polisémico, el diálogo polémico con el relato bíblico. Frente al Espíritu (ruah – viento) que se mueve, está el cielo inmóvil. Y no sólo el cielo. Se abre el segundo párrafo: “Y estaba todo inmóvil.” La inmovilidad total se refuerza con la expresión “Aún no había nacido…”. Todo está por nacer. Las mujeres con los ojos cerrados, los árboles sin vida….
Algo, no obstante, irrumpe para quebrar la inmovilidad. “El Amor estaba acostado con el Amor y de sus aromas húmedos y lechosos la aurora comenzó….”  Amor es el nombre, trasmutado en Palomares, de la Ruah bíblica (femenina, en hebreo), brisa de vida que despierta lo creado.
La sensualidad de este Amor se expresa en una corporalidad manifiesta: caras, pies, cabezas, lenguas, ojos… por oposición a la visión de cierto cristianismo castrante.
Sigue el texto con el juego de referencias intertextuales. No hay una pareja creada después del mundo como relata el  texto antiguo:
Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. (Gn 1, 27)
En Palomares, el Amor de los cuerpos -dos caras, cuatro pies, y tantas lenguas- es el Amor Creador. Se acerca el relato al texto de Cantar de los Cantares: el amor como llama divina…
Saetas de fuego, sus saetas, una llama de Y-h-v-h. (Cantar 8,6)
En el relato bíblico de Gn 1, habla Dios para decir, y en el decir crear.  En los versos 3, 6, 9, 11, 14 y 20, se repite el estribillo: Y dijo Dios: hágase… Es su Palabra eficaz, pues lo que dice el Divino queda creado. Eterno debate sobre la Palabra y su sentido de estafa o de verdad.
En el texto de Palomares es el Amor quien habla: “Hágase así.” Y es el Amor (Palabra) eficaz. La “iglesia ausente”, “harta de relámpagos”, se levanta “entre espumas de árboles”. Se insinúa una crítica al modelo eclesial cristiano del Dios tonante, Júpiter romano prolongado en los siglos, al trocar los relámpagos de muerte en árboles de Amor y vida.
Según  el texto bíblico la cosa fue así:
Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno. (Gn 1, 12)
En el relato de Palomares, el mundo se llena de casas, y hierbas y caballos y cafetales…. El mundo despierta, se levanta, siendo creado por el Amor. La expresión bullir, referida a las aguas o manantiales, es común a ambos, Torah y Vuelta a Casa.
Dijo Dios: bullan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos. (Gn 1, 20)
“…nació todo, del manantial, bullendo desde el silencio y el sigilo…”

El cierre de Palomares es magistral. En él explicita la tesis a la que se orienta todo el texto. Deja la narración para sentenciar solemnemente. La Palabra creadora (Dijo Dios…), leída como Logos, razón, pensamiento –en el paso de la mentalidad oriental a la mentalidad helenista, desarrollada como “filosofía occidental”-, es confrontada con el Amor y la pasión, modo propio de la eficacia creadora de esta tierra nuestramericana (en lícita apertura de la generosa andinidad de Ramón). Se trata de Otra creación:
“El pensamiento era indeciso y la pasión una música extensa y fecunda.”