sábado, 13 de agosto de 2016

Sobre Ingrid Chicote, La ruta de los ancestros



La ruta de los ancestros

La narratividad en ciertos poemas (los de un Rimbaud, en El barco ebrio, por ejemplo) ha estado en pugna con la imagen estática del poema contemplativo (como en las Imágenes de Rilke).  En La ruta de los ancestros esta pugna se desbarata con un recurso a la fotografía –imagen estática- que evoca mil recuerdos e historias para ser contadas.
Son poemas éstos con algo de épica guerrera o saga familiar. No parece estar muy de moda este estilo entre ciertos críticos que prefieren otros discursos más etéreos y descomprometidos, o tal vez con un filosofar sólo digno de “sabios y entendidos”. Es necesario insistir una y otra vez en que la crítica literaria es un asunto de acuerdos sociales, históricos, con frecuencia de grupos de influencia, entre los que deben abrirse paso los buenos escritores a fuerza de fe y tesón, y cuyos escritos sucede que vienen a ser reconocidos por otros grupos en tensión con los anteriores, con frecuencia de generaciones subsiguientes. Digo esto, porque La ruta de los ancestros, sin haber sido suficientemente valorada,  representa, en mi opinión y por lo que conozco de los escritos de Ingrid, su obra más contundente y valiosa.
La mayor parte de la crítica venezolana actual deja de lado, por simples -dicen-, por populares –no dicen-,  los “poemas narrativos”. Me encontré con un excelente poeta en tierras falconianas, cronista de la ciudad de Punto Fijo, y poeta que privilegia la narratividad: Guillermo de León Calles. Sus poemas-crónica, desplazados por los críticos de moda, son una excelente referencia para ahondar en cuanto vengo diciendo. 
Disculpen la digresión. Voy de vuelta a La ruta… Es una lástima la mala calidad de la edición, con una letra ínfima y un fondo oscuro que dificulta y disuade del suave placer de leer.
Pero mi propósito es resaltar su calidad. Entre los aciertos que tiene esta obra están su arraigo histórico (“El poeta es el lugar”, es un epígrafe que escoge para su obra), su militancia por la justicia y la vida, su apego al mundo del trabajador, su mirada profunda de mujer al lado de otras mujeres, solidaria de sus sufrimientos y sentires, su visión de humanidad como encuentro de los distintos en el respeto y enriquecimiento mutuo, entre otros.
Cobra relevancia la voz de las mujeres, desde el primer poema, precisamente “Mujeres de familia”. Le siguen “Bisabuela”, “Tías”, “Mujer del torero”. Aunque sea la voz apagada en la imagen de la represión vivida: “coserse el cuerpo de linos y faldones”; o la plegaria impoluta de una religión de sometimiento: “que los paños de menstruar / debían ser blancos y pulcros / como la oración que resbala del vientre / cada veintiocho días”.
Pero no se escuchan sólo sus voces fragmentadas, heridas. Están además como nuevas  Penélope en su  “Tejer para destejer / la trama de la injusticia” (parece, a juzgar por las recientes manifestaciones públicas de Ingrid, que se mantiene viva esta tarea que le dejaron las mujeres de su familia). Son mujeres que rompieron amarras “decidiendo el trópico y su luz”.
La mención de la guerra española se hace recurrente en los antepasados que llegaron a Venezuela huyendo a sus consecuencias… o previniéndolas. Desde el bombardeo de Guernica, a la batalla de Irún, y luego a un hospital francés… Miguel Aurrecoechea llega  a Venezuela en 1939 huyendo de la Guerra civil. Y de nuevo la guerra se hace memoria de mujeres: “Mujeres que cortan rosas / para combatir las balas de Franco”, “Mujeres que presienten / baños de sangre sobre la nieve”.
La carta-prólogo de la hermana de Ingrid, evocando mágicas memorias de infancia, al lado de las tías (tías del  padre) le da a la obra un tono íntimo, como si de una confidencia se tratara.  Hay intimidades que tienen que ver con nuestro yo actual, nuestros sentimientos y pensares. Hay intimidades que vienen del pasado, de nuestras raíces que marcan lo  que somos. Referido principalmente a estas últimas, se puede afirmar sin reservas que La ruta… rezuma intimidad.
El poema “Abuelo” evoca al hombre de Quintanar de la Sierra, pueblo de pinares y carpinterías. “Vente mi niña para que te llueva madera” es la palabra poética del hombre trabajador en la relación entrañable con la nieta. La palabra del hombre que “tenía el corazón y manos / llenas de mariposas / o caramelos”. En “Padre” es su fantasma quien  acompaña a la poeta en su recorrido nocturno por bares, cafeterías y calles. 
Esta intimidad familiar referida, no se contrapone a la universalidad, que se va abriendo espacio y se hace patente sobre todo en el poema  Tránsito de ciudades. La memoria de los ancestros no es una ruta cerrada en el círculo íntimo familiar, sino que se plasma en nuevas geografías y relaciones. El poema es una apuesta a la convivencia y la hospitalidad. “Todas las ciudades / traen lo suyo para convivir juntas”, “Por mi casa / transitan ciudades”. En cada gente que llega, en sus antepasados, se condensa un universo.
Así sabemos a Ingrid, además de poeta, hermana de la vida, en la ruta de sus ancestros, y haciéndose la encontradiza con todas y todos los que mantienen firme su apuesta por la luz.

viernes, 5 de agosto de 2016

Sobre Hermes Flores Matamoros, Villa Sur


Me dijeron que era la mejor novela escrita en Los Teques y lo creo.
Villa Sur es una novela con raigambre local y pretensión de trascendencia. Villa Teola, actual espacio cultural situado en Los Teques, fue antigua mansión propiedad de un general de Juan Vicente Gómez. Sobre ella se tejieron, una vez que quedó deshabitada, las más variadas historias de espantos y aparecidos. Sus parajes son el escenario propicio para que Hermes eche a volar su inspiración y construya esta original novela, con sabor a crónica local, a relato fantástico, a leyenda y a mito.
El relato se separa del tradicional orden cronológico lineal, para adentrarse en una trama más compleja, asumiendo diversas perspectivas en la narración. Trayendo a mano algunos datos históricos dispersos enraizados en Los Teques, junto con algunas experiencias personales vividas por el autor y agregando un poco de fantasía recreadora, se evoca la historia de la Mansión, Villa Sur y La Cuadra, nombres con los que se determina el espacio geográfico en el que se desarrolla principalmente la novela.
Así señala Hermes que: La Cuadra se originó a raíz de la invasión de los terrenos, llamados Villa Sur, del general Perozo, edecán del último dictador que tomó el poder en el país... (La Mansión). Fue propiedad de los Perozo para la época, luego pasó a manos de un ministro de la llamada democracia representativa. Ministro al que describe al final de sus días como paralítico, viudo y sin hijos.
Los damnificados de El Valle (extensa zona popular de Caracas), desplazados después de un temblor (1967 es el año del mayor temblor en Caracas durante el siglo XX). Se refugian con plásticos y piden reubicación. Les prometen casas y no les cumplen. Toman los terrenos y organizan la insurrección. Mil familias invadieron las tierras, y se mandó desalojarlas siendo gobernador Gaspar Metich. La novela juega entre ficción y realidad. Sin nombrar Caracas ni 1976, las referencias al temblor y los desplazamientos consecuentes permiten datar los hechos en una realidad puntual.
La década del 60 corresponde también a la presencia de la guerrilla en Venezuela. Este referente histórico permite contextualizar la resistencia de los pobladores, la creación de la Policía Gris y de Brigadas policiales especiales, el atentado contra la policía, el sótano para los interrogatorios y la reclusión en el Sitio… Valerio Gil será Gobernador y dueño de los terrenos al morir el ministro, su anterior propietario. Instala a la policía en sus recintos para el control y desalojo de los invasores. Se crea el Sitio (como sede la Seguridad) y el Museo.

Los personajes y el argumento
EL HIJO DEL VIGILANTE: Le cuenta al escritor-narrador las historias de la relación de su padre con Valerio Gil. Pasó de cuidador de la mansión a tener un cargo en la gobernación, y luego ser guardaespaldas del Prefecto (el mismo Valerio), hasta su muerte.
PORFIRIO-GLORIA-SILVINA: Porfirio era pintor y padre de Alenio. La madre era una andina: Gloria. Porfirio –desplazado- lleva a Alenio, siendo niño, a tierras de Villa Sur. Tiene, además, una niña ciega. En Villa Sur Porfirio convive con Silvina. Vive en escondites. Fue maltratado, condenado y atropellado en la utopista cuando llegaba borracho (se insinúa su asesinato). Poco después acusan a la viejita Silvina Ochoa de ciertas pintadas con sangre de gallina en contra del gobierno. La policía, finalmente, también la mata. Valerio Gil, dueño de las tierras de Villa Sur, crea la Brigada gris, contra grupos rebeldes de la Cuadra.
ALENIO - LA CIEGA: Son la “descendencia de la desesperanza”. Ambos huérfanos, vivirán junto al cementerio, en un rancho. Alenio José vaga enloquecido con tres perros por el cementerio cercano, es sepulturero y repite sin cesar: “la vaina está fea”. Alenio guarda la memoria de su padre, Porfirio. La ciega nace a la madurez sexual, y recuerda a la viejita Silvina asesinada. Los perros ladran, Alenio oye gente. Una voz le previene. Los perros encuentran una cabeza. Alenio le abre los ojos azules. La lleva a casa. La cree viva. Es la cabeza de El Catire. Un Alenio harapiento es interrogado por el policía Castor Peña. Los perros ladran. Alenio está con la cabeza. Ha sido llevado al Sitio. Castor lo interroga en los calabozos y sótano de la Mansión de Villa Sur. Lo deja ir, con la cabeza, por los perros que lo protegen. Castor le pide al sargento Molina seguirle los pasos a Alenio. “Síguelo a donde vaya”. Son fiestas de San Juan. La ciega mata a Molina, que llega al rancho de noche. Ella le ha contado de su deseo desde que tenía sexo con El Catire, ahora muerto. Molina le había ofrecido “ayuda”. Pero llega  a forzarla y lo acuchilla. Alenio llega a retirar el cuerpo. Alenio cose el cuerpo de Molina, con la cabeza de El Catire. La ciega tiene sexo con este nuevo engendro. Alenio pasea afuera. Luego le cuenta a Castor Peña.
POLICÍA NARRADOR: Es el policía compañero de Chicho, perteneciente a la brigada gris. Ambos van a investigar pasquines en tierras de Valerio Gil. Entonces se narra la historia de la vieja Silvina. El comandante Castor Peña forma un cuerpo secreto, con Chicho y el policía narrador. A este policía lo vigilan como posible traidor. Sin embargo, descubren un escondrijo secreto, con la contraseña: cambur pintón. El narrador hace planes. Encienden cigarrillo. Es la señal. Les lanzan granadas. Muere Chicho. El policía narrador pierde las piernas. El Policía narrador, sin piernas, vive en una habitación del Museo. Es encargado de las llaves. Hay más desaparecidos. Van diez (se los comen los perros). Sargento Molina es uno de ellos. Antes había sido el Catire. Valerio Gil es el gobernador. El comandante del El Sitio es Castor Peña. La Policía Gris actúa en los sótanos. Hay un reclutamiento para grupo especial. El policía narrador, sin piernas, visita  a la ciega en su rancho. Tienen sexo y ella le ofrece arreglarle las piernas. El Catire-Molina habla a Alenio, se despide de la hermana, le habla de la propuesta del policía sin piernas, quien le dará trabajo como policía a cambio del arreglo de sus piernas. El cuerpo de Tucuso, nuevo personaje, que se revela como hermano de Valerio Gil, congelado, está preparado para quitarle las piernas. El policía narrador hará de  la ciega su mujer (el Catire-cosido ingresa a la policía y le deja hacer). Alenio, Catire y ciega llegan a ayudar al policía sin piernas. Las tomarán de Tucuso muerto. Le cosen. Castor Peña busca al expolicía –ya con piernas- para cena con gobernador. Saben que puede caminar perfectamente. Alenio y la ciega siguen en los sótanos, con el Catire.
VALERIO GIL  - CASTOR PEÑA: Valerio Gil es el Gobernador. Conoce a El Catire-Segundo Molina, reclutado por Castor. Se presenta como parecido a Molina (es el cosido –lo sabe lector). En la fiesta de Graduación de policías, el gobernador queda embarazado de El Catire. Castor Peña se presenta como personaje instruido. En el capítulo Los Montiles, juego de Motilones y Machiques, Castor Peña actúa como dueño de El Sitio. Lee un libro robado a los curas sobre el desplazamiento de los indígenas. Castor mantiene relación homosexual con el gobernador Valerio Gil. Se asegura de la desmemoria de Molina respecto a ello.
TUCUSO – BYRON – JOSEFA DE LOS REYES DE GIL: Nuevos personajes. Byron actúa como médico de la familia. Es llamado El Catire. Byron mantiene relación con madre de Tucuso, doña Josefa de los Reyes de Gil.  La familia padece enfermedad hereditaria. Tucuso está loco y es tratado por Byron. Tucuso se insinúa haber tenido relaciones incestuosas con su madre. En el entierro de la madre están Tucuso y Valerio, sus dos hijos. Byron cae mal a Valerio y se habla de negligencia médica. Eso explica la aparición de la cabeza de El Catire en las cercanías del cementerio. Segundo Molina, parecido con Byron, médico de Josefa. Ha incorporado su cabeza.

Estrategia narrativa
Así comenzó todo: narrador, primera persona, decisión de escribir, a vista de la montaña, diálogo de jardineros (mitos, raíces…). Se apela al mundo mítico, a la presencia de los dioses. Conversación de jardineros desde la ventana del Museo. Esto desbarata un poco el asunto del género, pues nos avisa de que se condimenta con la leyenda y el mito.
Este narrador, tras los juegos de narración interiores (habla Tucuso, habla la ciega, habla el hijo del vigilante…), se muestra como el expolicía con las piernas cosidas. Su reflexión sobre el mundo caótico tiene que ver con esta mezcla –rasgadura y cosimiento- en la humanidad que somos.
La presencia del Incógnito aureola la novela con el ingrediente del misterio, de lo transcendente. El Incógnito lo ha estado espiando y le recrimina.  El incognito se revela al narrador. Le habla del mundo caótico creado por Dios. Clave para entender la historia, por extraña que parezca. Así se explican los cuerpos cosidos, o el embarazo de Valerio.
La novela aborda con soltura diversas temáticas: el sentido caótico de la vida, que se pretende explicar recurriendo a la metafísica, a la presencia de los dioses y de otros seres misteriosos; los conflictos sociales manifestados en la resistencia de los pobres frente a los poderes económicos y políticos, y en la represión policial; el amor interhumano discurriendo al azar del tiempo y las imprevisiones; la enfermedad, la psiquis humana y la locura… la desesperanza, como nombre dado a la descendencia de los pobres.
Los aspectos más notables de la fantasía creadora, como son los cuerpos cosidos por Alenio y el embarazo del gobernador Valerio, nos acercan al tema de la literatura fantástica en América Latina, y en particular al de los “monstruos”. Para el filósofo Canguilhem (1976) el surgimiento del monstruo “cuestiona la vida, en cuanto al poder que posee de enseñarnos el orden”, al hacer dudar de que “lo mismo pueda engendrar lo mismo” haciendo aflorar, por lo tanto, el temor, ya que el monstruo es “lo otro”, lo fuera de la norma: “lo montruoso es lo viviente de valor negativo [...] es el contravalor vital. [...] es lo maravilloso al revés, pero maravilloso a pesar de todo”. Así se rebela en esta novela lo “monstruoso” como lo caótico de un orden divino que cuestiona nuestro orden dado.

Conclusión
Lo más destacable del relato, a mi modo de ver:
Su apuesta a una narrativa contemporánea, cuidadosa.
Su juego entre la realidad y la fantasía. Más que a lo real maravilloso, el relato se acerca al realismo fantástico. Los textos son reales hasta que se quiebra esa realidad con un hecho fantástico.
Su dimensión local. Es la novela de Los Teques que faltaba.
Su historicidad, con buena dosis de denuncia social y desenmascaramiento de los poderes económicos apoyados por el aparato represivo militar.

sábado, 2 de julio de 2016

Sobre Arthur Rimbaud, El barco ebrio



Se trata de una selección de poemas de 1869 a 1873. El lector común -ese soy yo- sólo recuerda alguna idea vaga de Iluminaciones y Una temporada en el Infierno. Estos otros poemas aparecen como un verdadero descubrimiento.

Rimbaud resulta divertidísimo tanto como original y alevoso, hace alarde de su bagaje cultural para burlarse con él de todo cultismo. Parte de imágenes cotidianas y es sensible a las situaciones que vive su país durante los años de la Comuna.

En cuclillas. Describe el hecho profano de sentarse en orinal blanco (de peltre, los recuerdo en tiempos no tan lejanos de mi infancia) para hacer las necesidades, como decimos al defecar.  Los detalles del hecho se nos han perdido a nosotros, los modernos. La camisa que molesta, la posición de cuclillas, el olor impregnando la habitación, los pies descalzos, el frío, los ruidos molestos a los compañeros de cuarto…. El resto es tan humano, que no dejaríamos de reconocerlo en cientos de años más.

En el Cabaret – Verde. Entrañable escena de un momento feliz, atendido por una suelta dama, saboreando el pan con jamón, manteca y ajo, y una buena jarra de vino. Y el sol del atardecer.

Las buscadoras de piojos. Un hecho tan banal, tan escondido, tan negado, a la vez que tan común en muchos ambientes. Dos hermanas despiojando a su hermanito: es poesía. Un reclamo a los románticos que distorsionan la realidad, la hacen ensueño, para con ella poder crear el poema, lo bello. Rimbaud se revela ante esas distorsiones. Lo considerado inmundo puede ser poetizado sin engaño.

El corazón robado. Una mala experiencia propia, de abuso por parte de los soldados que tomaron París acabando con la Comuna allí establecida.

Venus Anadiomena. Parodia de Venus emergiendo de las aguas. Una señora rellena y ulcerosa saliendo del barreño tras darse un baño.

Los pobres en la iglesia. Descripción burlesca de escenas comunes. Mujeres amamantando, beatas al acecho, borrachos a la entrada….

El poema más largo El Herrero refleja la decadencia final de la monarquía francesa “desnuda” ante el pueblo. 

Son sólo una muestra de lo sorprendente de estos textos. Del genial Rimbaud.

Descargar su obra en:





domingo, 7 de febrero de 2016

Sobre Giorgio Agamben, Profanaciones



El libro Profanaciones es una recopilación de ensayos, algunos muy breves. Con un estilo por momentos poético, deja puertas abiertas a la creatividad pensante, resultando sumamente evocador. Presento tres de estos sugerentes ensayos, con algunas preguntas para nuestros contextos.

Ángel (Genius, Daena, Ariel)
El hombre no es solamente yo y conciencia individual. Convive con un elemento impersonal y preindividual: su Ángel. ¿Qué ética es posible, si nuestra vida no nos pertenece? ¿Separarnos del Ángel? Así lo hace Próspero, en el mito: renuncia a su Ángel. La fuerza que le queda es la suya. Comienza a vivir una vida humana.
La ráfaga de viento es presencia de Dios para Elías, el profeta de Israel, mientras que, para Agamben, es paso del Ángel, en abandono. El Ángel es el Misterio en nuestra vida. El Misterio que nos sorprende con su presencia o con su abandono radical. Importante reflexión que podemos hacer desde nuestra fe cristiana, o desde las prácticas religiosas de nuestros ancestros.
¿Cómo nuestra fe religiosa, nuestra fe en el Misterio Mayor, favorece la construcción de una vida humana plena de sentido? ¿Cómo descubrir  horizontes de autonomía personal y de independencia económica y política, desde una relación creativa y no mutiladora con nuestro Ángel?

Magia y felicidad
La felicidad no nace de nuestros esfuerzos, nos es dada gratuitamente. En los escritos judeocristianos están los Profetas, que respondieron con dignidad a lo que sentían. Tal vez no fueron tan felices. La pareja que presenta el Cantar de los Cantares parece vivir con mayor felicidad, a pesar de sus huidas y carreras. Kant sacrificó la felicidad a la dignidad, dice Agamben. ¿Qué felicidad es ésta que no se permite sino lo digno? ¿Qué es lo digno, en todo caso? ¿No está hecho de convencionalismos, de super-yoes, de patriarcalismo?
Invitación a la felicidad que nos hace Agamben y que nuestros pueblos originarios aprendieron mejor que el occidente de pensamiento kantiano. Y no se malentienda a Agamben: felicidad no quiere decir para él irresponsabilidad, sino aprendizaje del disfrute cotidiano, relacional; aprendizaje de los sencillos placeres que nos ofrecen los sentidos, en el respeto y la solidaridad.

Elogio de las profanaciones
Profanar lo sagrado es devolverlo al uso. En América Latina se ha hablado, después de los 60, de cómo “la Biblia se ha devuelto al pueblo”. La Biblia fue y sigue siendo con frecuencia instrumento sagrado de dominación, de poder. Ahora se ha profanado. Se ha sacado del templo y está en las casas del pueblo. Se lee, se reflexiona, se cuestiona también, se recrea en relatos imaginativos, se juega con ella...
Profanar, dice Agamben, es arrancar del ámbito del poder. Por eso es una acción política. Secularizar es trasladar el poder de lo sagrado celeste a lo terrestre, en la nueva religión del capital. Profanar es un acto que derriba muros y fronteras. El arte se hace sagrado en los museos. Profanar el arte es devolverlo al uso, jugar con él, acercarlo a la gente.
Jesús de Nazaret fue un gran profanador. Sacó las leyes de la usurpación  sacerdotal y farisea para entregarlas a la vida y al pueblo. Proclamó un Templo sin exclusas, sin divisiones, donde el dios fuera para todos. Los primeros cristianos fueron considerados ateos. Fueron expertos en profanaciones. Sin templo, sin dirigentes ni días sagrados. Pusieron el tiempo sagrado, los lugares sagrados, las cosas sagradas, la dirigencia sagrada... al uso de todos: los hicieron cotidianos. Las casas y los encuentros se convirtieron en realidades hondamente profanatorias. La fe en la encarnación atenta contra toda sacralidad. Supone una radical profanación. Lo más sagrado, el dios, se pone a descubierto, al uso de todos. Nace en un lugar profano, muere fuera de la ciudad santa, en el lugar de los malditos. En la alianza con el Imperio los cristianos re-sacralizaron la nueva religión.

La “religión institucional” necesita ser profanada. Nacida en Occidente es hora de ponerla al uso del pueblo venezolano. Sin los sacerdotes del viejo culto que nos acechan. Y no vayan a pensar que me refiero en exclusiva a los “líderes religiosos católicos” de nuestra región; los “sacerdotes del viejo culto” están en toda religión, y también los llevamos dentro.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Sobre ciertas casas, en la poética venezolana


Nuestra casa. Imágenes poéticas venezolanas en diálogo con Bachelard*


Bachelard dedica dos capítulos completos a la casa en su obra ya clásica La poética del espacio. Parte del axioma: “Todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa” (B 35**), y se ayuda del topo-análisis que define como “el estudio psicológico sistemático de los parajes de nuestra vida íntima” (B 38). Descubre los significados de la casa desde el estudio de poetas europeos, aplicando claves fenomenológicas, psicoanalíticas y psicológicas. El intento de este ensayo será, en reverbero bachelardiano, acoger las ricas y potentes imágenes de la casa, con sus sentidos plurales, en algunos fragmentos de poetas venezolanos de la segunda mitad del siglo XX.

Comienzo con un texto denso de Rafael Cadenas: “Para mí (…) mi casa sin guarniciones inútiles, resplandeciente en la lengua de boa  de la noche. Un cuarto, una lámpara, un vaso de licor, un lecho y libros. La eternidad sin azoro de incrustaciones. Ninguna agitación innecesaria. Tú y yo (…) ¿Acompañarás mi pobreza? (…) esperaré el advenimiento de mi libertad, sentado sobre un cofre de cartón, en el extremo menos iluminado de la escena” (C 67-68).

Se pone aquí en evidencia la dimensión de intimidad de la casa, de “soledad centrada”. “De despojo en despojo, nos da acceso a lo absoluto del refugio” (B 63). El poeta huye en pensamiento para buscar ese refugio. Un espacio para el reposo, sin agitaciones innecesarias, un ensueño donde descansar (B 43). El cuarto sencillo remite a “la cabaña del ermitaño” (B 63). La mención de la pobreza y la descripción de tal simplicidad evocan lo primitivo de la choza. Puesto al final de sus Cuadernos, el poema de Cadenas tiene una “feliz intensidad de pobreza” (B 63).

Pálmenes Yarza expresa: “Mi casa nace en mí. / Soy su fruto, / su sosiego es mi interior” (Y 159). Ana E. Terán evoca la casa de la infancia personificando esta pobreza, humanizándola como humildad que llega: “Se alaba esta casa visitada por la humildad” (T 105).

La casa sencilla puede ser nido y su techo el cobertor que protege (B 132). Puede ser “una caja de fósforos” (H 39) con su cielo raso como “Edén protector” (H 17). El nido lo fabrican las aves con su  propio cuerpo, y así la casa sencilla se fabrica con el trabajo propio, con la vida entregada, en emigración perenne (B 135, H 39). La casa-nido tiene un valor de retorno, a ella se vuelve siempre (B 133-134, PG 86).

Los “valores de concentración” de la casa se resaltan contra las fuerzas que la acosan: viento y noche. “Cada casa estaba en la noche de los astros” (G 187), “la lengua de boa de la noche” ante la que resplandece la casa (C 67),  dejándonos a merced del viento” al quedar en ruinas la casa (H 40).

Para Gerbasi es la ventana cerrada la que permite la concentración, en abierta antítesis con el universo brillante. “Vengo de las ventanas / para encontrar en la noche / la ventana de mi infancia /  en un dormitorio de paredes encaladas. / Y, allí, solo, un Crucifijo, / iluminado / por una lámpara de aceite (…) / Brilla el universo / mientras mi ventana / permanece cerrada” (G 202-203).

Dormitorio (G 202), aposento (G 79) y cuarto (C 67) son los términos espaciales privilegiados en los que se desarrolla el valor de intimidad.

Entre lo poco del cuarto, resalta la lámpara. La lámpara que vela, que es el ojo de la casa, el signo de una gran espera (B 65-66), eternidad sin azoro, espera de libertad (C 67-68). Lámpara que hace resplandecer la casa. “Tal vez de un rancho, a lo lejos / se abre una luz misteriosa, /  como un ojo de los cerros / que no pudo ahogar la sombra.” (Y 20).  Gerbasi asocia la lámpara a la evocación de una infancia transida de religión popular: “En mi aposento ardía una lámpara de aceite al pie de un Cristo ensangrentado” (G 79, ver  G 202). La espera y la eternidad se hacen místicas, contemplativas, añoranza de trascendencia, de infinito tal vez, desde la corporalidad de esa imagen de Cristo contemplada.

No obstante lo íntimo, Cadenas invita explícitamente al lector a hacer suyo ese cuarto. Es una intimidad que se  comparte. “Los valores de intimidad son tan absorbentes que el lector no lee ya nuestro cuarto: vuelve a ver el suyo” (B 44). Es así que el gesto íntimo se vuelve espectáculo: escena. El poeta elabora “el espectáculo del cuarto familiar” (B 62), y ahí está el personaje: “en el extremo menos iluminado de la escena…” (C 68).

Se anuncia el salto bachelardiano: De la casa concentrada se pasa a la casa expandida. Bachelard denomina ritmo-análisis a esta dialéctica concentración-expansión esencial a la poética de la casa (B 98-99).

Entre los venezolanos, es Palomares quien evoca el origen natural de la casa: “Antes era un lago”. (PR 13). Gustavo Pereira descubre su horizonte de expansión en la naturaleza. Cielo, aguas  y marea vienen a habitar la casa del poeta (B 84). “De vuelta a casa! Otra vez el cielo y las aguas / Nuevamente el movimiento de la marea frente a mi / ventana empañada” (PG 86).

El mismo mar caribeño que Ana Enriqueta Terán humaniza, ahora hecho uno con la casa sin gente: “El mar respira hondo en la casa abandonada” (T 88). Pero también los musgos y la brisa llenan otras casas: “Los musgos te convierten en vertical pradera / y la brisa canta en tus paredes de piedra” (H 17).

En este ejercicio de expansión por el que la biología entra en la casa, ésta se convierte en ser de la naturaleza. Se extiende a los animales y a las plantas que la circundan: “Mi casa estaba sola en medio de los tamarindos y las palmas” (G 80). “Casa mía, casa nuestra (…) / en novia con su gajo de caña dulce / su pie desnudo, degollado sobre el césped floral” (T 87). “Y abre la casa de mis días mejores a la danza ígnea de la siega. / Y se congregan en mí las estaciones”. (Y 190)

El patio es la puerta más expedita para esta ampliación. Alejandro Oliveros (O 39) evoca los cítricos del patio de la casa que “estuvieron más amarillos y jugosos”;  y describe: “Un viento liviano mece las ramas / del limonero y caen sus hojas… /Este patio. Aquél” (O 13). Gerbasi dedica todo un poema al patio. “Bajo los naranjos oscuros de avisperos (…) Junto a un perro quieto como un pedestal (…) / La ropa tendida se levantaba en el viento (…) / Yo iba a visitar la vaca / y la veía acostarse en la penumbra / como en el hechizo de un eclipse” (G 126-127). Y no es el único de sus poemas en que traiga a cuento la imagen del patio junto a la casa: “¿Aún existen los naranjos / que plantó mi padre en el patio de la casa?” (G 76). “En los patios caen chorros grises de granos de café / y su rumor es el rumor de la tarde” (G 84). En torno al patio se ven los corredores alejándose solitarios con sus  pilares blancos (G 126, 202). Junto al patio recuerda el poeta los lirios, “la vasta penumbra de las calas / los mecedores en el umbral” (O 13).

Además del patio, y entre los ámbitos de expansión y jugueteo de la casa con la naturaleza, es curiosa, casi inédita, la mención del aljibe. En ambientes áridos el aljibe es lo primero, lo que da certeza de existencia a la casa, es agua que la sustenta. Hernández, refiriéndose a la casa del abuelo, relata: “Para hacerla fue tres veces a Cuba. / Primero construyó el aljibe (…) / La casa creció poco a poco / como las ceibas. / Las vacas y las gallinas (…) / El chiquero con el cochino (…) / Y sobre la bodega / el granero…” (H 39).

Ventana, paredes y calles permiten seguir expandiendo (explícitamente: alargando) la casa: “La oscura ventana / las paredes las calles  / por el silente grifo / alarga quieta mi casa” (O 12).

Puerta (T 75), ventanas y paredes (O 12), escalera (H 17), cielo raso (H 17) y tejas (G 126), granero-bodega (sótano-cielo) (H 39), aljibe (H 39), corredores (G 202), umbral (O 13) y patio –con sus árboles- (G 76, 84, 126-127, 188; T 105; O 13, 39), nos van llevando progresivamente a la mayor expansión tanto vertical como horizontal, a la casa universo.

Tal es la expansión que se produce, que el espacio para la intimidad llega a ser el bosque mismo: “Con mi soledad te espero en el bosque” (G 11); pero este es ya un límite para este ensayo: cuando la casa deja de ser casa para ser bosque. Lo nuestro son las casas que aún son casas.

Si no es fácil establecer los límites en cuanto a la expansión horizontal de la casa, tampoco lo es en su dimensión de verticalidad. En la poesía que estudia Bachelard, las casas “aspiran  a una levedad aérea”. Es como si los espacios que amamos no quisieran quedarse encerrados, y es entonces que la casa se desplaza.  “La casa conquista su parte de cielo”. Se hace universo, casa cósmica (B 84-85).

De humo etéreo la casa / se elevará en el silencio / con la palabra de gracia / y seré un jardín sin tiempo” (Y 143). Se comienza de peldaño en peldaño: “seguiremos los peldaños hacia el Edén protector de tu cielo raso.” (H 17) Pero pronto el cielo raso se hace cielo (Benedetti dixit). Gerbasi y Terán sueñan así la casa, volando, meciéndose (así, más caribeña, como en un chinchorro entre palmeras): “Mi casa volaba / con las palmeras, / allá por las nubes / de un día sin fin”. (G 211) “Que los trigos mecían blandamente la casa” (T 46).

Más atrevido y original, y hasta con tonos existencialistas, se muestra Ramón Palomares: la imagina con su dimensión de verticalidad, también en expansión, hacia lo alto, hacia lo infinito, pero agregando la dimensión de huida, de distancia, casa de sueños que se nos escapa: “Toda removida la casa. / Desprendiéndose de la tierra, / subiendo, con alas, con vuelo… / Allí la casa. Allí, huida (...) / La casa se fugaba / porque la casa era para no tenernos (…) / Huye. Arrancada (…) / Llevada como un palio en lo alto (…) / Se va la casa. Huye. / No estará más asentada en la tierra (...) / (…) la casa que huye / como un esplendor hacia otras noches” (PR 12-15).

La casa está ligada al hacer humano, desde la construcción de la misma, hasta los cuidados mediante los que se le conserva la vida (B 100-101). Los cuidados caseros devuelven a la casa su frescura original (B 102). Pero la casa no está sólo ligada al hacer. Aquí se encuentra un matiz, una distancia  importante en nuestra poesía. Nuestro hacer, el hacer venezolano, es relacional. La casa venezolana es soñada por los poetas como casa vital, de actividades, sí, pero más: de relaciones sin fin. Hacer y relación son inseparables. “Mis familiares en diálogos sobre frutos (…) / Tejían, trasegaban café en sacos ásperos, / revisaban sueños / agregaban tejas a la casa (…)  / mataban escarabajos, / se detenían a mirar los crepúsculos…” (G 126). “…el horno donde mi madre hacía el pan / y doradas roscas con azúcar y canela?” (G 76). “Se alaba esta casa plena de recursos solares: se hace el pan. / Se hacen manteles, sábanas. La mesa servida (…) / Se ausculta el cielo: hombres que conversan debajo de los árboles…” (T 105). El hacer está ligado a “familiares”, “madres”, “hombres”… y está ligado a la palabra que pronuncian: diálogos y conversas.

La casa venezolana es una casa habitada por gentes: “Las mismas gentes  y la casa” (PG 145). “Ellas [mis hermanas] movieron mis juguetes entre girasoles, / elevaron cometas / sobre casas de colores” (G 184). “Encontré mis parientes en una casa de paredes simples  (G 126). “…en las casas / estaban el esposo y la esposa / sentados a la sombra de un granado” (G 188). “En esa casa nacieron mi madre y mis tíos / En ella nacieron mis hermanos / Allí nací yo” (H 39).

Y entre las gentes vivas, entre el pueblo, también hay voces y espantos. Voces de vida, y voces que expresan los miedos infantiles: “Voces oscuras reunidas en los corredores (…) / rumores de cielo raso (…) /  las brujas (…) / el jinete sin cabeza” (G 79-80); voces de los habitantes idos que aún permanecen: el aljibe “seguirá guardando los rostros en el agua” (H 17); “mientras el gris de las paredes / transparenta sombras / y voces familiares” (O 28).

La casa es un personaje más –materno en este caso- con quien el poeta conversa y con quien evoca otros seres: “En su vientre nos ocultábamos” (H 37), “Preñada de voces infantiles te conservas…” (H 17). Terán la sueña como mujer, como “novia con su gajo de caña dulce” y su “pie descalzo” (T 87). Es la casa que crece como las ceibas (H 39). Tan personaje es, que Armando Hernández se toma la libertad de hablar con ella, se le dirige en segunda persona: “Debes estar allí / librando con el tiempo una guerra perdida de antemano” (H 17). E igualmente hace Palomares, espetándole: “No permanecerías más, casa. / No tendrías más tus horcones en tierra…” (PR 12).

Especialmente sensibles son los poetas venezolanos a las ruinas de la casa que apenas Bachelard insinúa como “casa perdida”, “disuelta en las aguas del pasado” (B 88). Más fuerte y existencial es la imagen que recoge de Rilke: “Toda rota y repartida en mí” (B 89). Así aparece, con esta fuerza poderosa, entre los poetas venezolanos: “Las paredes de mi casa tienen ahora corrosiones” (G  184). “Oscuros jabillos sepultan / la vieja casona. Un follaje breve / tapa las ventanas: enredaderas / sin flores y trinitarias” (O 22). “Probablemente no estás, o seas sólo un montón de riscos y tea” (H 17). “Se quedó sola poco a poco” (H 40). “Hay una casa vacía que no espera a nadie” (PG 203). “El mar respira hondo en la casa abandonada” (T 88). Incluso como decisión consciente de abandono: “Abandono este casa, su cuidado  / arranco de la sombra el pacto incierto, / dejo aquí mi candor:  mi perro muerto, / entrego al fuego todo lo sagrado” (Y 174). O con los tonos existenciales rilkeanos: “O se caiga  a pedazos / y con ellos se nos destrocen los recuerdos / y se nos sequen las raíces dejándonos a merced del viento” (H 40). “Nos encontrarás en sus piedras” (H 40). “Ay que no tengo un patio para asolearme, / que no tengo un cuarto, / que no tengo ni una ventana” (PR 48).

Además de la corrosión física, a la casa le caben habitantes sin nombre, para quienes “mi casa” es sólo una verbalización de la propiedad. Al simple sueño de propietario lo cataloga Bachelard como “onirismo de corto alcance” (B 93). Los poetas venezolanos lo denigran como  corrosión ética. Hernández denuncia el modelo capitalista que pretende hacer de la casa pura propiedad: “Siempre hay alguien que dice - este agujero donde vivían los búhos es mío (…) / Vampiros que pretenden comprarnos el alma / en nombre de una religión cuantificadora que no entendemos” (H 17).  El mismo sentimiento refleja Ana Terán: “Compraron la casa, el árbol mío, muros, ladrillos, / puertas de cedro”. Si Ana E. se refiere a la casa como mía, es con un sentido bien diverso a la propiedad que se compra y vende. El “mi casa” de Terán es una expresión entrañable y colectiva –nuestra casa-, como la de quien se refiere a lo más querido de la propia vida (T 86-87).

Seguramente se podría transitar por otras sendas, evocar el valor del rancho, de la casa frágil, de la casa hospitalaria, o atinar a pronunciar el amor entre cortinas, o soñar con palacios extensos… Se podría preguntar por la casa del mundo urbano popular, por el hombre sin casa, sin arraigo, por la mujer que se afirma en la casa propia, sendas éstas apenas insinuadas en el presente ensayo. Pero baste con estos apuntes lúdicos para indicar el tema. A otros, con afán más sistematizador, dejo la tarea de desentrañar misterios. Yo me quedo en casa.



* Los textos a los que se hace referencia en el ensayo son: BACHELARD Gastón, La poética del espacio, Fondo Cultura Económica, Bogotá 1993; CADENAS Rafael, Los cuadernos del destierro, Monte Ávila, Caracas 2001; GERBASI Vicente, Antología poética, Monte Ávila, Caracas 2004 - Poemas: En el bosque (Vigilia del náufrago, 1937), La paredes de mi casa, La casa de mi infancia, Te amo infancia, Canoabo (Los espacios cálidos, 1952), El patio (Por arte de sol, 1958) y Simón Rodríguez en Túquerres (Retumba como un sótano del cielo, 1977), Ventana (Los colores ocultos, 1985), Un día muy distante (Una día muy distante, 1988); HERNÁNDEZ Q. Armando, Cantos Alisios, El Llano, Los Teques - Poemas: La casa, La casa de Nicolás Piloto. OLIVEROS Alejandro, El sonido de la casa, Monte Ávila, Caracas 1983 –Poemas: II, III, XII y XVIII (Espacios, 1974), Bejuma (Nuevos poemas); PALOMARES Ramón, Antología poética, Monte Ávila, Caracas 2004 - Poemas: La casa (El reino, 1958), En el patio, Abandonado (Paisano, 1964); PEREIRA Gustavo, Poesía selecta, Monte Ávila, Caracas 2004 -Poemas: A casa! (El libro de los Somaris, 1974), Regreso al hogar (La fiesta sigue, 1992); Memorial de la casa vacía (Oficio de partir, 1999); TERÁN Ana Enriqueta, Antología poética, Monte Ávila, Caracas 2005 – Poemas: Junio (Presencia terrena, 1949), Recados al hermano mayor, Queja y nostalgia del propio canto (Música con pie de salmo, 1952-1964), Se alaba esta casa (Libro de los oficios, 1967). YARZA Pálmenes, Antología Poética, Monte Ávila, Caracas 2004 – Poemas: Nocturno (Espirales, 1942), Un día seré, Reiteraciones, Abandono esta casa (Memoria residual, 1994), ¿En dónde estoy? (Expresiones, 2002). 

** Por razones de espacio se abrevian las citas con la inicial del primer apellido de los autores y la página del libro.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Sobre Wafi Salih, El Dios de las dunas

HIJA DE AGAR


La encontró el Ángel de Yhvh
junto a una fuente de agua en el desierto,
y dijo: ¿de dónde vienes y a dónde vas?
Gn 16,7-8


Con el poemario El Dios de las dunas agotado, no me resisto al intento de proponer algunas claves para su lectura, consciente de mi acercamiento fragmentado -limitado por tanto- a su texto.

Guían esta propuesta los versos de la Torah hebrea que preludia el ensayo y este otro fragmento, tomado del poemario de Wafi Salih:

Drusa por toda la tierra, cargo el peso de otra que soy, perdida para siempre en el estanque de lágrimas, hacia mí en el espejo. Infierno celeste, proyecta un abismo de ángeles.

De aquí que divida mi ensayo en tres partes principales: a) hija de Agar, b)  oasis-estanque-de-lágrimas y c) preguntas.

Es atrevido este ejercicio, por cuanto desplazo el sujeto de los poemas propuesto en el título, del Dios de las dunas, hacia la hija de Agar. Asumo el atrevimiento.

Hija de Agar

Drusa por toda la tierra es un modo de ser, ser cargando el peso, ser perdida. Como Agar, hija de Agar, expulsada, errante entre las dunas, distanciada de una tierra que se le negó, abocada al mundo.

El texto poético, en primera persona, se despliega tras una identidad que se reconoce entre gemidos y lamentos, desconocimiento, ensimismamiento y captura a tientas.

Una raza gime en mi nacimiento… Nativa de un país mío y desconocido. 

Ceñida a los rituales de un país sin lugar en los ojos, a tientas capturo su heredad, presente desde siempre en la mártir voluntad de los lamentos. Intemporal, telúrica, ensimismada, hija de Agar, esclava y princesa...

Princesa también. Investigaciones recientes en torno a los relatos antiguos de la Torah, apuntan a nuevas lecturas de esos textos en las que se pone de manifiesto el liderazgo de Agar entre su pueblo.

Savina J. Teubal (1997) postula una sociedad matriarcal en el Antiguo Cercano Oriente, dedicado al culto de Diosas como Inanna en Mesopotamia, Isis en Egipto y en Canaán. La designación de Agar como egipcia debe considerarse en el contexto de la historia de Egipto, donde las mujeres disfrutaron "igualdad jurídica notable" en su mayor parte. La experiencia de Agar en el desierto junto al oasis sería una experiencia referida a la adoración de "El-roi", una deidad del desierto, y a la institución de un Matriarcado del desierto. Teubal sugiere que Agar era sacerdotisa, e incluso hija de faraón.

Esclava y princesa, por tanto. Dualidad del ser.

¿Oasis?

La poeta proclama la pregunta de Agar, la pregunta desde su experiencia de arrojamiento, de ser arrojada. ¿Quién es este Dios del  padre Abraham que expulsa al desvalido? ¿Qué hace este Dios adormecido en su reino celeste? ¿Cuánta muerte y desolación se esconde en su cuerpo? ¿Ya no recibe, ni mucho menos responde, las cartas de sus fieles?

“Hashem es Dios”, “Ala es Dios”, “Jesús es Dios”, siglo tras siglo, deseo sin cuerpo, en el  letárgico zafiro del cielo. La fe, esa maldición.

¿Cuántas cimas se abisman en tu nombre? ¿Cuantas tumbas hay en el pecho de Dios?

Rota la oración donde la muerte, pesadilla  en los restos de la noche, desprende una carta escrita ¿para quién?

Noche en dos pedazos, Dios mutilado por su distancia.

No obstante, el Ángel del Dios encuentra a Agar junto a la fuente. ¿De qué ángeles y dioses se trata en los poemas? ¿qué dioses la arrojan o qué ángeles la encuentran?

El oasis, fuente de agua, es un espejo en el que Agar mira su dolor. El agua del desierto, con frecuencia salvadora, es aquí abismo e infierno, muerte del primer Dios abrahámico quien la arrojó de las seguridades familiares al peregrinaje de las dunas. Son ahora Ángeles de la duda, parpadeo de astros, proyecciones celestes en el abismo, convertidas en infierno. El agua del oasis se confunde con la lágrima.

Perdida para siempre en el estanque de lágrimas, hacia mí en el espejo. Infierno celeste, proyecta un abismo de ángeles.

Febrero. Espejo interminable me precipita en el íntimo desvarío de mi sombra. Condenada, la imagen me refleja el parpadeo inagotable de un astro. Lo vivido moja sin parar una hilera de fósforos.

¡Herida de estar aquí!, invisible, vuelta a mí, fatigo el discurso del aire, la imposible risa en la ola elástica de sus lágrimas, donde disputan los perros los restos de la noche.

El Ángel que encuentra a Agar entre la dunas, en el texto de Génesis es Ángel-mensajero del Dios que ve (El-Roí), es Otro. La poeta lo percibe tan solo entre tinieblas. El poema Ángel lo expresa diáfanamente: país perdido, parte de mí que ya se ha ido. Secreto incendio, cielo inexistente, noche tendida…. Son los lugares del Dios de las dunas.

Ángel, en la longitud del cansancio
Ángel, país perdido en los volcanes
apagados de la paciencia

Ángel
Bautizo otra parte de mí
que ya se ha ido

Ángel
Dos lugares en una misma hora

Esqueleto del viento
contra el espejo del aire
secreto incendio
del pueblo donde el cielo no existe

Ángel
Hoy en las calles no hay piedras
sino noches tendidas

¿De dónde vienes? ¿A dónde vas? ¿Dónde resides?

Desde tal oscuridad, es como si el Ángel preguntara. La hija de Agar responde.

Vengo de la desolación, morada de un ángel desprendido del nombre, mi juventud en otra que soy.

Va hacia ninguna parte. Queda detenida. Su ser llamado al vuelo, su ser de alas, es constreñido en la inmovilidad.

Hacia ninguna parte la vida se ha ido. Un amor negado por la muerte. ¿Quién sino tú, Adbel, en la bóveda del aire, avanza en mi centro detenida?

Dobla las ánforas de una ciudad / prolongada / de alas  / inamovibles.

El niño que fui no ha cesado.  Me enseñó el hálito fijo, la duración en el aire, súbito brote de lo oscuro entre la mirada y la forma. El puente del vuelo encontró su origen.

O tal vez gira y gira, inestabilidad de la casa-tienda del desierto: astro permanente, en órbita incesante.

Ensayo un lugar bajo el sol. La desposesión me reconoce de este estaño sumergido en tu acento de órbita incesante.

Mi casa, una tienda en cualquier sitio // Corazón de astro permanente / en su abandono.

Apuntes formales

El estilo de estos poemas recuerdan en algo a Ramos Sucre, del que la poeta respira su atmósfera. El mínimo uso del que, el yo como sujeto, son indicaciones formales, entre otras, de este espacio común. Es un asunto ya tocado con amplitud en otros ensayos sobre este poemario de Wafi.

Se descubre en los textos, no obstante, cierta evolución y diversidad. Evolución hacia algunas formas más concentradas que surgirán con toda fuerza en los haikus posteriores y, en relación con el tema nuclear del poemario, en Con el índice de una lágrima. Así sucede –me refiero a la tendencia minimalista-  en el poema Ángel, o Mi casa, una tienda en cualquier sitio.

Los tópicos comunes al poemario Con el índice de una lágrima

Se descubre en ambos textos la mención de:
a) el país, la familia, la raíz;
b) el sufrimiento, el dolor de la tierra, la violencia;
c) el oasis, espejo, lágrima;
d) la presencia-ausencia espiritual: el Dios de las dunas, el abismo de ángeles, el infierno.

Puede verse mi ensayo Viaje del corazón y comparar con lo que antecede para evidenciar estos paralelismos.

Detallo otro aspecto más, la presencia del aquí y allá, mostrando un par de textos de El Dios de las dunas. Lo cotidiano del café, o el paso de unas hormigas en el presente y el aquí, conduce lejos, a la memoria del allá, de la infancia. Sidón desolado, señala la ausencia de un yo lejano, sufriente, casi fantasmal.

Sólo comienzo en lo infinitamente interminable. Nada tiene lugar mientras enfrío una taza de café sobre la mesa. Y leo tu infancia en el paso trepidante de las hormigas, paraíso fantasmal de luz espinada como una blasfemia.

Sidón. Pueblo de huesos sin cuerpo, sepulta la raíz del aire, el vértigo de la desolación. Hay algo en ti señalando un lugar ausente ¿Seré yo doliéndome en tus calles?

Y hasta aquí llego con mis apuntes, en los que he tratado de recoger algunos rasgos sustantivos de El Dios de las dunas, con la apuesta a una nueva edición que nos permita recrearnos y recrear, en proceso hermenéutico permanente, estos hermosos y profundos textos.


Referencia: Savina J. Teubal (1997), Ancient Sisterhood: The Lost Traditions of Hagar and Sarah. Athens, Ohio: Swallow Press/Ohio University Press.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Sobre Marissa Arroyal, Guaraira Repano


Es un libro contemplativo, casi místico. A semejanza de los haikus orientales, liberada la forma, las palabras poéticas fijan su acento en la montaña. Doce veces se nombra en estos 70 poemas breves. Y la montaña es fuerza, es un verde, es hogar que a nadie exilia. Mas de repente echa a volar.
El verde-paisaje se hace hierba, pastizal, hoja tierna, trébol, helecho, espiga, tallo, caña, cañaveral, bambú. Se hace árbol: mango, eucalipto, araguaney… árbol ensimismado.
Se vuelve flor: rosa del Ávila, azucena… pétalo amarillo, jardín… y luego fruto.
El árbol vierte su agua. El árbol-montaña es ahora piedra de agua, corazón de agua, rumor de cascadas, cristalino torrente, río, oasis, agua mansa, gota de rocío, escarcha…
Y la luna se mira en estas aguas, el río es espejo del cielo; estrellas, constelaciones y Vía Láctea rondan la montaña. La montaña es pozo del paraíso. Cosmos aquí. Tan cerca.
Como en toda búsqueda contemplativa, la propuesta estética de Marissa asoma una ética. Es la ética de la montaña. Sermón de la montaña, verde derramado sobre la ciudad, facilidad de la entrega, darse entero del árbol, campana que despierta al pueblo, índice que señala… Corazón de amor que la montaña ofrenda.

Hogar del caminante, que puede aspirar ahora el olor de la tierra, que puede respirar meciéndose en el viento. Invitación al camino sin fardos ni equipajes.