martes, 4 de febrero de 2020

CARTAS A SEBASTIÁN PARA QUE NO ME OLVIDE




Desde hace unos meses ando con el libro de cartas-cuentos de Orlando Araujo[1] rondándome. Lo conocí –al libro, me refiero- de manos de un amigo falconiano, Inti, que estaba al cargo de la Librería del Sur en Punto Fijo, en los tiempos aquellos en que los locales de esta Red de Librerías eran centros de debate cultural y espacios de bohemia popular. Desde entonces no me deja. Leo y releo los textos de Orlando. Son escritos breves dirigidos a su hijo Sebastián, en libro dedicado a Juancho, otro de sus hijos.
En ocasiones me pregunto por qué son conocidos tan escasamente los textos de Araujo y, junto a los suyos, los de otros venezolanos. Se sabe que hay razones políticas y económicas o, de otro modo, ideológicas y de mercado: su pensamiento, el de Orlando en particular, no va muy acorde con el que se impone en este mundo global, sus libros no venden tan bien como lo hacen otros. Y, sin embargo, habría motivos abundantes para conocerlo un poco más en estos tiempos de “revolución venezolana”.
Quiero escribir algo. Tal vez comience con algunas de mis impresiones de lectura. Gugleo y me consigo algunas referencias breves. Sobre esta “colección de Cartas”, afirma David Figueroa González, que
el poeta se plantea de modo personal y artístico un diálogo con sus hijos a través de epístolas donde da su visión del mundo que a ellos le tocará vivir sin perder la magia o la inocencia en sus versos. 
En forma condensada, introduce el texto: es diálogo artístico, es poesía… se aborda una visión del mundo. Sería para el debate el asunto de si es una “colección de Cartas” o, más bien, un libro de cuentos. Que sobre ambas posturas habrá razones con las que argumentar.
Agrega Figueroa, ahora referido en general a la literatura y, en particular, a la literatura para niños:
La literatura abre los sentidos, es la magia que hace todo posible ser astronauta, bombero, incluso pirata, permite descubrir mundos y también crearlos. Los textos para niños o jóvenes tienen el compromiso de captar a éstos para que el amor a la lectura comience en esa etapa temprana.[2]
Seguramente que una de las intenciones de Orlando fue la de atrapar a sus hijos con esos textos y, no obstante, logra más, atraer a los adultos hacia nuevos modos de decir. Y es que, como sucede con el prototípico texto de Alicia en el país…, tratándose de buena literatura, no existe una reservada estrictamente para niños.
Otro ensayista venezolano, José Javier Sánchez, afirma que Cartas a Sebastián….
simboliza un universo colmado de ideales, valores y afectos, que contribuyen a fortalecer el espíritu de la gente sensible. La valoración de la infancia, la amistad y el amor, orienta la relación afectiva entre el autor y sus hijos. A través de estas cartas nos convertimos en primogénitos de su poética y llegamos a contemplar la recreación de un universo transformado por la palabra del poeta.[3]
La visión del mundo de Orlando Araujo, que nombraba Figueroa, aquí se muestra un poco más explícita: son ideales, valores y afectos los que asoman. Para Sánchez, en nuestro ejercicio de lectura nos hacemos hijos (¡¿primogénitos?!).
Hasta este punto no había conseguido mayores antecedentes en mi ejercicio aproximativo a esta obra de Orlando. Y me puse a escribir algunos párrafos. Son los que siguen.
Un aspecto destacado, en lo que Orlando transmite, es lo relacional, lo humano, lo afectivo. El “…para que no me olvide” del título, no expresa tanto un deseo individual de sobrevivencia, sino el sueño de eternización, con un universo de gentes y emociones a cuesta. En correspondencia con este deseo se nombran los dos hijos (Juan Carlos y Sebastián), a quienes se muestra viva la memoria de la madre (Trina), el padre, el abuelo, la abuela, la tía Inés, el jugador Rosita, el artista Germán, el hombre fuerte (Cadenas), la viejita Rutina, los conuqueros y los niños, entre otros personajes. 
Al contar se hace memoria de la tradición familiar, de los valores por ella representados, de las historias trasmitidas que aleccionan, encariñan, o previenen. Al nombrar, el pasado se transforma en poesía, y la poesía en apuesta por un futuro con el justo reconocimiento por lo propio y lo culturalmente recibido como don. La valoración positiva de las tradiciones ancestrales se hace patente.
Van desfilando, en mágica sucesión, la mujer ciega, de nombre Rutina, cultivadora de caimitos, mandarinas y guayabas; don Germán, tocando el acordeón, instrumento desconocido para el pueblo, en una noche en que la luna daba luz de hojas de yagrumo; los conuqueros, muy arriba, arando entre la niebla como si sembraran en las nubes; el hombre fuerte que conocía todas las aguas y todos los caminos; Rosita, el jugador que se fue quedando solo; la niña Lucía, tan pequeña como la uña de la mano de una ola cuando duerme en la playa.
Otras son las cartas más íntimamente familiares o de amistad. Una es la del padre, que amanece con una estrella en la mano, y que será hijo. Otra corresponde al retrato de Trina, la madre con ojos de pájaro cantando la mañana entre manglares, selva que da la vida. El abuelo se recuerda en otra carta, vuelto mito en las historias que sobre él se cuentan, sabiduría de magos y poetas. Una carta más, se dedica a la abuela, con su patio, su árbol, su silla, su nieto y su flor: todo cuanto ella quiso tener. Aquí van dos de ellas.
Un amigo 
Un amigo es el refugio de los miedos que sentimos noche y día, alguien que te mira sonriendo cuando tú lo hieres.
Un amigo te levanta cuando caes y no espera saber que te has caído. Es como si de pronto estás solo y alguien te llama para decirte que lo esperes.
Un amigo es el guante de tu corazón cuando hace frío, el bolsillo donde guardas las cosas que no muestras, el abrigo contra la lluvia del odio, un pararrayos aun cuando no haya tempestad, y una tempestad si en la calma te atormentan.
Un amigo es el espejo donde tú eres él; no apagues esa luz y no le falles en cualquier oscuridad.

La carta del padre
Soy inevitable, fui tu padre como tú lo serás cuan seas tuyo: y entonces amarás desde lejitos.
Hay hijos que esperaron y buscaron a su padre, Telémaco entre ellos. Telémaco, el hijo de Ulises, el padre que se fue muy lejos y el hijo creció para buscarlo y encontrarlo, veinte años después.
Hay padre que jamás buscaron ni esperaron. Hijos también.
Tengo las manos extendidas porque de vez en cuando hay un padre desconocido. Por calles y caminos busco siempre a un hijo.
Esta es la carta de un padre que amanece con una estrella en la mano.
Soy tan tuyo como mío y dibujo en el recuerdo el mar que te regalo.
Cuando seas capitán, saluda al sol y llévame contigo como si no me vieras.
Soy tu hijo.
La dimensión relacional no solo alcanza a las personas, sino que hace presente a algunos de los animales que rondan los ámbitos rurales que sirven de referencia a Orlando. Caballos, gallos, canario o azulejo, son algunos de los más significativos. Los caballos aparecen en su memoria de infancia: yo lo llevaba todas las tardes al potrero. Y antes estaba el primer caballo: un palo de escoba. Los caballos son una cosa muy seria: galopan dentro de uno. Las nubes son los caballos del viento, el viento es el caballo del diablo, el diablo es el caballo de Dios, Dios es el caballo de los ríos. Los ríos galopan.
En el relato que sigue, el caballo representará la herencia libertaria trasmitida de Bolívar a Martí, y que se expandirá por todo el continente, hasta el día de hoy.
El caballo de Bolívar
Bolívar jamás tuvo un caballo: tiene un pueblo.
Uno tenía y era del color del trigo, y se lo regaló a José Martí.
Cuando murió Martí, se lo regaló a un argentino y el argentino a un chileno y el chileno a un jinete que venía de Nicaragua y el jinete de Nicaragua no lo desensilló: Bolívar cabalga todavía.
Y el gallo. ¿Qué es un gallo? Después de recorrer diferentes tipos de gallos, observados en su propio transitar vital, concluye Araujo: El gallo es el canto de una libertad ausente, heraldos del sol, trompetas de la vida, del amor y de la muerte.
Krasnomir, mundo apaciguado, en ruso, es el nombre de astronauta ruso a quien conoció Orlando. Y le puso su nombre a un canario prisionero. Abrí la jaula y Krasnomir salió. Desapareció en un bucare de candela cubierto de campánulas azules. Al amanecer, el canario cantaba cerca de mí, en su prisión de siempre, la mismita mía.
El tema de la libertad será expresado de nuevo en relación con canarios y azulejos: La tierra es un azulejo desde la luna y la luna es un canario desde la tierra. Azulejo es un azul de lejos. Libertad es un azul de pueblos sin jaulas ni jauleros.
Los niños juegan con los animales, se juntan con perros y gatos, o – y aquí la referencia intratextual a su relato sobre Patacaliente- viajan sobre dinosaurios azules y cabalgan sobre el caballo de Marco Polo. La imaginación permite apuntar a un mundo otro, en respeto a la tierra y reconocimiento de los pueblos diferentes.
La naturaleza recorre los relatos de principio a fin. Palmeras, guayabas, apamate, mar, lluvia, día y noche, exhiben con nombre propio alguna de las cartas. El apamate piensa y siente. Vive con él, crece con él y ama con él. La guayaba es una infancia de pájaros y ríos. Junto a la madre, el patio de hicacos, toronjas, cambures y yuca y lechosas. La lluvia cierra el anillo de Dios sobre la tierra con un broche de siete colores, que es la vida en arco iris…. Naturaleza y animales no son distintos; en ellos se da la unidad de los seres: La Tierra es un animal blanco, azul y verde que danza frente a la luz del Sol. La espalda de la tierra se oscurece cuando el Sol ilumina la barriga…
Personas, animales y naturaleza toda, apuntan, con frecuencia a través del recurso a la metáfora, hacia asuntos existenciales, que no evita a los hijos, por más niños que estos sean. Libertad, amor, amistad y muerte, discurren entre las líneas de los relatos. Junto al contar o describir, se asoma un universo de valores por los que vivir.
Porque hablo mucho de amores preguntas qué es el amor
Una escalera de aguas blancas con anteojos azules, esa guacharaca que canta en la mañana más allá del río, el salto de un niño sobre el pozo que la lluvia le dejó en la calle con el sol adentro, el amor eres tú y soy yo cuando conversamos en silencio.
El amor es la tetagira, una perita de oro, flor silvestre y venenosa que nace y crece y guinda junto a los manantiales debajo de un árbol de trompillo. Cuando seas viejo y muerdas un mango, el amor es tú infancia.
El amor es una viejita pobre, calva y solitaria llamada victoria, tú la has visto registrando los basureros allá cerca del río, para dar de comer a los perros flacos y realengos que recoge en su rancho.
El amor es un amigo que se muere o que se va o que pelea con uno. El amor son las ovejitas de plata del Yagrumo cuando la niebla pasea por los andes, la luna cuando la penetra el sol, el sol de las mandarinas en la tarde y un caballo blanco en la mañana.
El amor es a veces una cuna, a veces una cama, y a veces una tumba.
El amor es poder abrir los ojos y sentir por dentro.
El amor es una mujer, una amiga, una compañera que te de vida sin pedir la tuya. El amor eres tú cuando haces lo mismo.
El amor es dios si de verdad dios es uno y siendo uno anda en todo lugar y en todo tiempo.
El amor, Sebastián, me matará sin que yo sepa, me guardará en sus brazos y me recordará para resucitarme.
Cuando lances una piedra procura no pegarle a nadie. Y si la lanzas de verdad y pegas, es porque a veces el amor se oculta, como el sol.
Duerme, entonces, para que amanezca.
Los asuntos existenciales que toca el autor, incluyen el desvelamiento de cierta imagen de Dios. Es un Dios que ni duerme ni tiene vacaciones. El Niño del pesebre anda sin regalos, a excepción de los gatitos que duermen con él. A cada a niño le reserva uno.
Tampoco ahorra Araujo, a los hijos a los que trasmite su libro, el asunto de los conflictos de clase. La denuncia social y la utopía aparecen con frecuencia, en especial en el relato sobre los conuqueros, la ciudad sin niños, una diminuta carta o el caballo de Bolívar, ya citado.
Un juez es un señor que se sienta y mira a los demás y dice sin sonreír, quien es bueno y quién es malo. Un juez es más que Dios porque Dios lo conoce a uno de a por dentrico y el juez de a por fuerita…  Sucede que mientras escribo esta diminutiva carta, en el Salvador, país que de algún modo te pertenece, hay una guerra terrible entre dos maneras de entender, de comprender y de organizar y de dirigir el mundo. (Extracto de Una diminuta carta)

Venezuela, América Latina y todos los países del mundo con niños o sin ellos ¿Habrá un país del mundo que no tenga niños? ¿Cómo sería? Me pongo a pensar que sería un país de viejos, o de viejas, sin ganas de tener niños o sin poder tenerlos, gente sin sexo, como decir sin ganas de reírse, sin risa, tal vez con ojos pero sin mirada, tal vez con brazos pero sin dedos o con muchas piernas pero sin caminar. Cosas así suceden. (Extracto de La ciudad sin niños)

Conuquero y arriero son dos modos distintos de ser pobre…. (Extracto de Los conuqueros)

Casi estaba mi ensayo-crónica listo para subirse al blog, cuando me encuentro en nuevo intento un par de ensayos de marcado interés para lo que voy tratando. Son de otro David Figueroa, pero este no es González. ¿Serán padre e hijo? Me informo, a través de una amiga del ámbito literario, y me cuenta que sí, que son padre e hijo, y que son yaracuyanos.
David Figueroa Figueroa resulta que tiene dos textos cercanos a lo aquí tocado. Uno de ellos lo dedica a otro libro de Orlando: El niño y el caballo.[4] Texto que aborda desde la óptica de la solidaridad, y en el que parte de la hermandad real de Araujo. En su tratamiento del texto, va intercalando precisos comentarios de cuatro escritores venezolanos: Luis Beltrán Prieto Figueroa, Laura Antillano, Earle Herrera y Carmen Mannarino. Tomo dos de ellos, perfectamente aplicables a nuestro texto:
Bellos relatos en su dimensión de humanidad, nos impactan a los adultos con la misma emoción y en igual grado (Laura).
Orlando Araujo se nos revela como un contador de cuentos, un memorioso que trae los recuerdos al tiempo presente y, merced a su prosa poética y precisa, los hace relatos vivos y vivaces. El escritor nos descubre que el tema rural no estaba pasado de moda porque nunca fue una moda. Lo que si estaba fuera de tiempo y lugar era el lenguaje con que el asunto era tratado y expresado (Earle).
Sigo buscando y encuentro el texto preciso[5]. Un ensayo explícito sobre la obra que me ocupa. Un amplio escrito en el que de nuevo se recurre a varios escritores venezolanos -José Gregorio González Márquez, Earle Herrera, Gregory Zambrano, Carlos Ildemar Pérez y Carmen Mannarino-, para referirse al valor de la amistad y el enfoque humanístico de Araujo, a algunos rasgos de la literatura para niños o a la relación de la poesía con la vida.
Al igual que en el ensayo anteriormente referido se evocan algunas palabras del Orlando Araujo, en conferencias diversas, en las que se pone de relieve la importancia que para él tenían ciertos valores humanos, tales como la fraternidad, la solidaridad, la amistad…
Detalla el ensayo alguno de estos valores: la amistad, la libertad, la sencillez… y los relaciona con la experiencia vital del autor, en particular con su experiencia junto a los camaradas sandinistas en Nicaragua, en 1984.
Con afán de literato minucioso, elenca David los diminutivos, símiles, metáforas y humanizaciones presentes en el libro. Dejo, al pie, el enlace donde pueden hallarse. El uso de la metáfora y lo lúdico, la vinculación con el entorno. la relación de los textos con vivencias anteriores (pasado), con el presente y con el futuro añorado, son algunos tópicos más por los que discurre David en su ensayo. Sobre la relación entre palabra y mundo, apunta lo siguiente:
Libro donde la vida pasa en forma de misivas, todo un compendio de rincones, árboles, aguas, pájaros, lugares, personas y momentos, donde la palabra agarra por los cuernos al mundo real o imaginario y lo transforma en textos para dárselo a sus hijos y también al mundo, el poeta no olvida que el tiempo transcurre y la memoria queda.
La dimensión ética o la pretensión aleccionadora la describe el ensayista de este modo:
El escritor nos trae situaciones y transformándolas en palabras ejemplares las pone frente a nosotros para que mejoremos nuestra existencia. Es una especie de espejo donde él se mira y no quiere el mismo rostro para nosotros. Lo vital hecho símbolo, metáfora o símil donde se sintetiza el quehacer humano, la palabra haciendo el papel de consejera y a la vez de esperanza.
Tomo su cierre magistral:
Todos los cosmos posibles se encuentra en Cartas a Sebastián para que no me olvide, lo real convertido en sueño y el sueño en esperanza, mensajes de un yo que aspira hacerse un todo, pasando por asuntos que van desde el querer, la camaradería, la familiaridad, la vida, el anhelo, la justicia, la libertad, la muerte, la vejez, la naturaleza, la injusticia, la palabra erguida, la risa, lo coloquial, todos los sentidos puestos en los ríos de saber con expresiones sencillas, asequibles, donde la retórica se ha lanzado al cesto de la basura.
Sigo retomando las Cartas... Comienzo y término. Comienzan con el nombre de Sebastián, en referencia al abuelo y bisabuelo. Sin olvidar a la bisabuela Galatea. Nos da una clave. De los antepasados, hombres y mujeres, aprendemos. Cuidado con olvidar a la bisabuela.
Se llamaba Galatea, como el agua de los manantiales que revientan en el páramo de Los Primates, como el vino, como la flor del árbol de la vida: Galatea. Galatea es un combate de alas entre un pájaro azul y una palmera. Agarra, Sebastián un caimito y cuando vayas entre caminando y bailando, junto al río, acuérdate de mí diciendo: Galatea, Galatea, Galatea.
Y así no se pierde, a lo largo de la obra, la presencia destacada y significativa de las mujeres: Trina, Inés, la abuela, la rusa “Perivocha”, la niña Lucía, doña Angustias, las cuatro hijas de Antonio, Rosario la de Popeye… Y, ¿cómo se termina?
Cuando cierras una puerta, muy probablemente cierras una casa y abres una calle, cierras una calle y abres un camino, cierras un camino y estás abriendo lo que no conoces.
El texto se abre al lector. Así lo dicen los teóricos de la hermenéutica. El texto ha volado libre, soltándose de su autor, para emprender la aventura sin fin del encuentro con la vida. Aquí lo tengo, conmigo. Y nada impide que lo compartamos.




[1] Biblioteca Básica Infantil y Juvenil, Monte Ávila Editores, Caracas, 2007.
[4] El niño y el caballo: la solidaridad en Orlando Araujo. Publicado el julio 30, 2013, por latintainvisible. https://latintainvisible.wordpress.com/2013/07/30/el-nino-y-el-caballo-la-solidaridad-en-orlando-araujo-2/
[5] Cuando una carta es un cuento. Publicado el noviembre 20, 2011, por latintainvisible.  https://latintainvisible.wordpress.com/2011/11/20/cuando-una-carta-es-un-cuento/

viernes, 25 de octubre de 2019

DE ÁRBOLES Y PÁJAROS




(Con ocasión del Festival de poesía del Estado Miranda, en la Casa Arturo Michelena de Los Teques, 24-10-2019)

Releyendo los textos de algunos poetas y amigos de los Altos Mirandinos, reflexionaba en la oportunidad de este espacio para mostrar algún rasgo de sus poemas. Estando en esas, me encontré con el título de un brevísimo texto de Antonio Trujillo, De cuando vivían los pájaros; y luego, con la imagen de un árbol retorcido en la portada de Cantos Alisios, de Armando Hernández Quintero; y otro árbol más, en la portada de Ríos de Hierba, de Yurimia Boscán, poetas, todos ellos, con cuyos textos me había propuesto trabajar; se me ocurrió que ahí había un tema, en medio de  esta naturaleza nuestra tan viva, de árboles y pájaros, por otra parte, tan en peligro.

Árboles y pájaros serán, pues, la excusa para abrir este momento. Árboles y pájaros, así, tan simplemente dichos, resultarían lugares comunes, si no fuera por los poetas que los han cantado. Neruda, Machado, García Lorca, Andrés Bello, Andrés Eloy, Igor Barreto, Eugenio Montejo y tantos otros, de cerca y de lejos. Ellos nos hicieron descubrir que no es la imagen el lugar común, sino el modo torpe de mostrarla.

De muy lejos vienen aquellos poemas religiosos hebreos, que equiparan la vida del justo con el árbol bien regado, y la vida del pueblo con el ave liberada.
Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas,
que da su fruto en su tiempo,
Y su hoja no cae; y todo lo que hace, prosperará (1, 3)
Hemos salvado la vida, como un pájaro / de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos (123, 7)

Desde entonces y más atrás, tal vez, muy diverso y poético, como en los autores que he mencionado ligero, puede ser el asunto que aquí traigo. Pasando por alto, entonces, esta prevención por los lugares comunes, anoto otra que podría asomarse desde claves-sociopolíticas, argumentando la ingenuidad y escasa pertinencia del tema en los tiempos que corren en nuestra América latina.

Me permito, no obstante, acudir al auxilio de Miguel Hernández, quien, hablando de pájaros, aviadores y vuelos, en el contexto de la guerra civil española, nos regaló esta elocuente estrofa en su poema El vuelo de los hombres:
El vuelo significa la alegría más alta,
la agilidad más viva, la juventud más firme.
En la pasión del vuelo truena la luz, y exalta / alas con que batirme.

Así que, puesto que los árboles y las aves pueden decir de la vida más nuestra, sin más alargamientos y justificaciones inoportunas, aquí traigo a los poetas mirandinos con su palabra, que será en definitiva la que nos permita juzgar sobre su significatividad. Sin más, me aboco al asunto de indagar en los textos de Antonio Trujillo, Yurimia Boscán y Armando Hernández Quintero -poetas a los que dedico este rato-; me complazco en buscar ­un santo y seña, si lo hubiere, que dé acceso a su palabra sagrada.

Antonio, artesano de la palabra y la madera, es con quien abro la brecha en este decir. Su poemario Taller de cedro (1998) señala con sufrimiento, en repetidas ocasiones, al árbol truncado. La magia del taller está en el árbol herido que ha dejado de serlo:
Este cedro /queriendo salvarse //ya no es árbol /ni pertenece a la tierra

El sufrir del árbol se hace sufrimiento del poeta por ver surgir una palabra que, como pretende Holderlin, sea sagrada. Es así, como, para Antonio, son sagrados el árbol, la nube, el pájaro, la luz o la flor. Y no toda palabra vale para nombrarlos. De ahí el temor numinoso, o la página en blanco, reliquia adorable. ¿Con qué derecho –pregunta el poeta- hacemos surgir otra palabra distinta, de un bosque que tiene la suya propia? ¿Con qué derecho la tala y el desierto creado, para una nueva palabra? Sólo si de Dios es –responde.

Los pájaros también expresan esta lucha del poeta con el papel en blanco.
Otra ave / demasiado ave // se niega / a entrar en la página… // y elige el vacío

A los árboles que dan lo mejor de sí se les atribuye humanidad:
Un árbol / da madera noble // los eucaliptos / son gentiles

Por eso, enfrentar la madera, oficio del artesano, es tarea dolorosa. La conciencia ecológica está presente en Taller de cedro.
otra cosa es… tallar ese remordimiento

Se sufre con el árbol, se ha visto la injustica, el drama del bosque desolado, la desigualdad de la lucha del hacha con el árbol.
jamás estaremos a mano / en los vacíos del bosque //
ese dolor del cielo / te persigue hasta el fondo //
quien labra / vislumbra el universo

¿Qué pertinencia tienen en estos tiempos convulsos de América Latina y el mundo, estos poemas de naturaleza? –podemos volver a preguntarnos. Tanto como que los bosques de la Amazonía se queman y los gobiernos aliados de empresarios madereros nos dejan poco a poco sin vida, tanto como que los indígenas son expulsados de sus territorios ancestrales y las especies animales se extinguen. Es el drama de la Amazonía ardiendo.

Esta injusticia con el árbol la describe nuevamente Antonio en Ballestía (2008), obra en la que el centro de atención -y del sufrimiento creador- se desplaza a la escritura, como ejercicio humano de nueva talla.
Fui amigo/ de un árbol // derribado/ hinca su luz // busco/ en las hojas
y el lugar/ se abisma // tiene alma/ mucho de Dios// otra herida / lejos del bosque

Es notable la metáfora de la talla en Ballestía, como acto sagrado, referida a la escritura:
Si un ser inocente // pobre de Dios // talla su verbo…

He aquí la continuidad de esta obra suya con Taller de cedro. De taller de cedro a tallar el verbo no hay salto. Que todo es uno para el discípulo y habitante del Misterio. La talla se muestra así presente en toda la obra de Antonio, marcada por su propia vida de artesano y poeta.

La obra Ballestía expresa una y otra vez la agonía de la palabra –en el más estricto sentido etimológico de agonía=lucha-. En su mismo nacer es ya agónica, duélica. El uso abundante de las expresiones condicionales, las preguntas que se desgranan a lo largo del poemario, la presencia de la luz y la sombra, la astilla que perturba, la página en blanco retadora, e incluso las breves narrativas (el hombre arando con sus bueyes, o la anciana que visita el cementerio el día de los difuntos), concurren todos al tono épico que permea el texto final.

Los frecuentes condicionales, hasta en 18 ocasiones aparece el “si…”, son clara muestra de la temporalidad de la palabra. ¿Cuál es la palabra apropiada, su tiempo justo? Para escribir lo impropio es preferible no escribir, con más razón cuando la técnica de la escritura queda asociada, por la impresión y publicación de los textos, a la muerte del árbol.
Si para escribir algo / un árbol debe morir // prefiero la letra / invisible de Crátilo

La pregunta retórica de Dios, que establece una duda radical, ética, sobre todo acto de escribir, Si Dios / pregunta // por sus bosques // dile que no estamos, inmediatamente remite al texto judeocristiano sagrado en el que Dios pregunta a Caín por su hermano asesinado (Gn 4). El escritor se ha vuelto un matador inconfeso y su respuesta es evasiva, como la de Caín en el relato referido; más aún que la de Caín quien responde con orgullo: ¿soy acaso guardián de mi hermano?, pues aquí el sujeto poético ni hace frente siquiera al Dios interlocutor, sino que envía un tercero -el posible lector- para que hable por él: dile que no estamos.

Si al escritor le vence la imperfección o el vacío de la página en blanco, y fuerza el texto, se convierte en simple escriba, contratado para el oficio. Si habla de sí como en un vaciarse, en una descarga del yo, no es la suya palabra sagrada. Es preferible el silencio. Ahora bien,
Si en ese desierto… // se ilumina / una pequeña atarjea // es cierto
…y si alguien hiere / esta lumbre de la tierra // devuelve la palabra //
Si el sueño / ofrece una palabra // no permitas / que te abandone… //
si algo de ella / vive en esta // reliquia blanca

La pretensión de estos condicionales que ratifican la palabra vital, no es la de agotar el lugar poético originario, sino apuntar apenas algunos inicios de certidumbre, algunas claridades que permitan abrir el sello de lo sagrado. Por eso, para Antonio, árboles y pájaros son cosa del Misterio, de Dios.
Dios suelta / las aves // nunca el hombre //
en este instante / nada es altivo // el universo / vuela su principio

Y en ese apuntar al misterio de la vida, los pájaros se tornan presencia de amigos que hablan insistentes.
Suelo ver / en ciertas aves // a mis pocos amigos
oír su obstinada / palabra sobre la tierra

Imagen similar a la del poema Polimnia, del maestro Palomares, en el que su ser querido es visto como pájaro entre la piedra de beber y la hierba.

También el árbol dice su palabra, que es don de vida. El poema brevísimo, Drago, recoge una experiencia espiritual, sanadora, ocurrida en la infancia del poeta, que será retomada en su más reciente obra, Malvasía, evocando el ritual sagrado de haber sido marcado “con sangre de drago”. Hace referencia el poeta al hecho de ser colocado horizontalmente, en brazos de un oficiante, con los pies en contacto con el árbol de drago, previamente recortado -y sangrante- para el ajuste en la madera de los pies del niño. Ocurrió entonces, que el niño sanó. El vínculo con el árbol marcará la vida del poeta –ha confesado Antonio.
DRAGO /// Desde lo antiguo / ofrezco mi sangre

Así pues, el poeta vincula a este Misterio de la vida su arte poético: que no estriba en la forma, en los recursos literarios, ni siquiera en la precisión de la palabra o el ritmo musical, sino en lo sagrado de la palabra, transparente en el pájaro o el árbol, en su trasunto de sueño, de visión celeste, en su vuelo de ave.

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Armando Hernández, tan mirandino como canario, con frecuencia, acude en sus poemas a su raíz. Se fija en ese ser humano, isleño, arraigado a una geografía particular, visto antropológicamente como ser migrante, de alma dividida entre un aquí y un allá, flotante en el inmenso mar, añorante de regreso. Su palabra de emigrante viene bien, en estos tiempos nuestros venezolanos, de salidas y retornos, de experiencias contadas, tanto de acogida como de xenofobia; viene bien para sentirnos próximos a la andadura de nuestros hermanos.
A veces no sabemos quiénes somos, / ni reconocemos nuestra sombra… /
¡Ni siquiera lágrimas tenemos! / Secas hace años a la orilla del mar.

Así se lee en el poema Cosas, de Garoé. La experiencia de mudanza física otorga al emigrado un estatus existencial por el que con frecuencia discurren los poemas de Armando.

Árboles y pájaros acuden a mostrar la senda del emigrante.
desde tu bohío / emprendías vuelo a otros lugares / en cuyas palmeras o almendros / te esperaban nuevos nidos //
Obligado viajero de errante vuelo / cada mar ha sido tu camino y cada árbol tu casa
–recoge el poema Llegaron noticias, en memoria de un antepasado.

En el poema Ellos, surge una pregunta honda, política. Tras evocar las raíces isleñas, de fuego y vino, y escuchar razones naturales e históricas para la aventura de mar y viento, finaliza el poema con contundencia, señalando la distinción sociopolítica marcada por los vencedores de la guerra civil española:
Yo te pregunto paisano… / A ti, / que llevas tu isla a cuestas. / ¿Por qué ellos nunca salieron?

En Cantos Alisios, numerosos poemas se refieren a esta experiencia de emigrados. Los poemas Odiseo y Sísifo, recurren al mito para reforzar estos sentimientos de ajenidad. El encuentro con lo otro se reconoce en los poemas América (“yo creía que…”) o Los Teques (“Las tejas son láminas de zinc y espantan”). Y en esto distinto, la naturaleza permite mostrar los diferentes espacios humanos y culturales. Selva tropical y árbol isleño son metáfora de esta diversidad vivida.
…yo soy / sombra en la selva / sin árbol que me ampare

En Nosotros hicimos la maleta se vuelve al tono sociopolítico ya presente en Garoé:
¿Cómo no hacerla / si nuestros pies ensangrentaban las piedras /
y el horizonte aprisionaba nuestros sueños?

Rudo poema es el que inicia:
Vivimos en una cárcel / de muros de agua… //
Habituados al encierro, / de vez en cuando…/ cantamos.

Otro tópico fundamental en Armando Hernández es el de la muerte. Los primeros poemas de Garoé llevan por título el nombre de personas –familiares o vecinos- que ya fallecieron, a las que se recuerda con naturalidad agradecida. En Soy Testigo, todas estas muertes se recogen simbólicamente:
He contemplado / el rostro de la muerte / a través de los jirones de un espejo roto.

Pero es en Cantos Indianos donde la muerte cobra mayor relieve. El epígrafe de Esteban Echeverría, “La emigración es la muerte”, establece un referente clave no solo para esta obra, sino también para las anteriores. El poema inicial En la muerte estamos abona lo dicho. No solo vamos hacia la muerte, sino que ya estamos en ella. Por más que intentemos olvidar:
Siglos y siglos viviendo en la muerte / tratando de recordar en el olvido //
Hojas que caen constantemente / por caminos ya trillados y sin solución //
Todo el tiempo olvidando sin parar / para de pronto / darse cuenta /
que del paraíso fuimos separados / y que de la muerte siempre hemos vivido//
Olas sin reflujo / que del polvo del mar han salido. //
En Llegó para quedarse se recoge la omnipresencia de la muerte:
La muerte sigue / llegó para quedarse // En la mar… // Llegó como la noche… // A su paso / los goznes callan… //
En la mañana y el anochecer / la emigración que es la muerte

La muerte de alguien querido se muestra con la imagen del vuelo en el poema Entre todos los vientos:
Te fuiste…. // Tu vuelo / el de un parapente llevado por la brisa/
en un cielo de piedras y tomillos

Pongo un acento final en el eje transversal que me ocupa. La mención de árboles y pájaros, concurren al decir poético de Armando, sobre la emigración y la muerte. Árboles y pájaros expresan su sentir existencial más hondo.
Pino retorcido en los lajiales //
Cuervo que emigra en la agnosia de la muerte / Eso somos

En cercanía temática al poeta Antonio Machado, Armando recurre a la imagen del pino antiguo, para avizorar su propia muerte. Había dicho Machado, en su poema A un olmo seco:
Antes que el río hasta la mar te empuje / por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera / también hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Ahora es Armado quien agrega:
Pino verde /// Siempre estuviste / en el filo de la cumbre /
a la vera del camino de Sabinosa/ peinando de verde el sol /
para el descanso de los viajantes // Se llegó a pensar que eras eterno /
como los deseos de retorno de los emigrantes / pero hoy /
al igual que los hombres / tus ramas se han doblado /
y tu tronco otrora bello e imponente / sobre la ceniza reposa //
Ahora / ni el búho ni el linero / hacen nidos en tu copa //
Por el cielo vuela el cuervo // Algún día / guiado por el olor de tu resina / regresaré / y al igual que tú / cadáver de tea sobre lava

La identificación del poeta, en su hora postrera, con el pino ya gastado por el tiempo, otorga al poema un tono existencial. Apartándose de la mirada esperanza en el milagro de vida, de Machado; Armando proclama sin disimulos la objetiva materialidad de la decadencia. Extrañamiento y muerte, marcan los poemas de Armando. Sus obras Garoé, Cantos Alisios y Cantos Indianos aportan la peculiaridad –y voz propia- de su experiencia vital de isleño emigrado.  Evoco, en juego dialéctico, al cantautor aragonés Labordeta, que toma el tema de los árboles viejos con otros matices. Y dice:
Somos / como esos viejos árboles
batidos por el viento / que azota desde el mar.
Hemos / perdido compañeros
paisajes y esperanzas / en nuestro caminar.
Hemos / perdido nuestra historia
canciones y caminos / en duro batallar.
Vamos / a echar nuevas raíces
por campos y veredas, / para poder andar
tiempos / que traigan en su entraña
esa gran utopía / que es la fraternidad.
--
Por su parte, Yurimia Boscán, en sus poemas, vincula con frecuencia la naturaleza, el bosque, el árbol, el río, el mar o el pájaro, a la entrega de los cuerpos y al amor –deseado, posible, o imposible.

En Río de hierba (uno de sus primeros poemarios, reeditado en 2017) se lee
¿Dónde vives ahora / bosque del agua /
dónde dejas / la llave / para encontrar / la puerta verde / de tu cintura?

Y, no obstante, este primer poema prometedor para el tema que me ocupa, pronto caemos en la cuenta de que en Yurimia no hay frecuencia explícita, ni de árbol ni de ave. Y es que el bosque se ha metamorfoseado en cuerpo
Yo bosque / volcán / leona…
(dirá en su libro Piel que ata, al que me refiero particularmente en lo que sigue)

y el pájaro, se ha transformado, en oportuna sinécdoque, en acción de volar, en ejercicio de liberación. Como si la vida se tratara de un papagayo que puede desprenderse de la mano que lo sujeta, y alejarse a lo más alto. Con este sentido liberador, entre añorado y negado en lo real, entre posible e imposible, entre certidumbre y utopía, Yurimia, en sus poemas, discurre por los relatos helénicos clásicos. Penélope, Ariadna o Helena representan –en un contrarrelato- ese vuelo alado y libre.
Lo amó / en todas sus esperas: / la del deseo / la del hijo / la de la soledad
Lo amó / cascarón vacío─ / en todos los rostros encallados en su cuerpo
al abordaje de su barco de sueños
Llenó sus años de latidos lejanos / y tachó / uno a uno
los fantasmales cumpleaños / máscaras danzantes / deshabitadas
Cansada de hilvanar / Soltó los hilos

¿Cómo soltar los hilos que nos sujetan / sin dejar hebras de lo que somos?
¿Cómo explicar a los amantes que un cuerpo puede arder
y consumirse en tantas brasas?
¿Cómo no medir la perfección del tiempo sin certeza?
¿Cómo es que el laberinto redime al Minotauro?
Y si Aquiles no llorara más a Patroclo / y el viento no soplara en la isla de Eolo
y Helena fuera fiel a Menelao… / ¿Sería igual nuestra historia?

Ariadna / enmudece el bramido del minotauro / no tiene ovillo para el regreso
Ni agua que beber / en la atardecida Naxos / de ecos afligidos
Ariadna / duerme impasible al descampado
es un áureo broche de dolor / en la tiniebla

Lo narrativo de estos poemas, los relatos a los que remiten, las novedosas tramas imaginarias que sugieren, ponen sobre el tapete los tópicos que agudamente Ricoeur[1] ha señalado para los textos narrativos: el tiempo como configurador del relato, la trama necesaria, la relación entre ficción e historia no tan lejanas una de la otra. En Yurimia, los amantes se afanan por salvarse de la cotidianidad sin lograrlo; siempre en esa lucha de cuerpos, pieles, y almas, se construye un relato que, finalmente, resulta tan real como ficcionado.

¿Qué tiene esto de poético? –preguntamos entonces. Entre otros rasgos, la dimensión utópica o distópica presente en ellos, al configurar nuevas posibilidades para la historia, abre los textos a finales sorprendentes. Así se reconfigura la historia en nuevos relatos. Penélope deja su urdimbre; Ariadna se queda sin ovillo para el regreso; el Minotauro, Aquiles, Eolo y Helena, transforman sus historias; y con ello, nuestras propias vidas quedan suspendidas, la historia puede ser otra. De ese modo, como los clásicos, lo relatado ha adquirido otro temple; la narrativa se ha vuelto épica, poética.

Hablando de vuelos y libertades, el matiz que adquieren los pájaros en los poemas de Yurimia no es el de una gozosa libertad, sino el de una liberación, sufrida, marcada por el deseo. Vuelos, pájaros y alas se vinculan a las ausencias, silencios, heridas, espinas, desvaríos y lamentos:
Suelta pájaros / tras cualquier pista sobre el deseo //
Un revoloteo de ausencia / mantiene sus alas orilladas a la cama (p. 78)
Que el silencio que nos hiere / sea canción y alivio
pájaro en picada / por el nublado cielo / que te ensalma (p. 118)
Dios pone las alas / propone el beso / en el etéreo deseo…
Tiene las coordenadas / del trillado tú y yo / que pongo en capilla ardiente (p. 61)
La mirada encajada / en el nocturno vuelo del lamento
Alas y pies aventureros / plumas y espinas en desvarío (p. 75)

Así que, la liberación se constituye en derrota.
Tirar la llave / soltar cadenas
verbos comunes en la terapia zen / que no convencen mi derrota (p. 115)

Y, sin embargo, tampoco el encuentro amoroso es totalizador; se vive como instante, como ráfaga; es apenas un punto de fuga. Lo que marca es el sentido de la existencia como tiniebla, sombra amarrada a la palabra, jaula, piel que ata.
Nada tengo / en la ráfaga del encuentro
Amante de sal / hecha tiniebla / en medio de la jaula
Ebria y azul / punto de fuga en tu calendario (p. 75)
Soy proyección vertical atada al verso
la de antes / la de ahora
la que toma por asalto / los torrentes de tu frente (p. 107)

La palabra atar, del título (Piel que ata), y de este poema, “atada al verso”, remite inexorablemente a su antónima. El discurrir del poemario, se abre, una vez ejercido el derecho de leerlo, a una realidad otra, posible, imaginativa, por la que la narrativa antigua de Penélope ya se abrió paso: finalmente lo hilos se soltaron. Es la posibilidad otra. Pero persiste la lucha, que no se resuelve en el texto fijado.
¿Y si nuestras espiraciones, brinco tramado al vacío,
no son las pruebas que precisábamos para saber
que somos sólo piel que ata? (p. 77)

El verso interrogativo apunta a la dialéctica de todo el poemario entre ese soltar y atar. ¿Somos la piel o somos el ave que desea volar libre? ¿O tal vez el pájaro, al que una vez libre, el deseo de retorno lo puede?

Por otra parte, la dimensión metafórica del amor, ahora menos relato y más imagen, aparece marcada en Piel que ata, en un potente conjunto de poemas de lluvia y mar. Los cuerpos semejan bosques, arbolados a merced de la lluvia.

El poema de la p. 132 juega a la paradoja de la lluvia y el fuego como correlatos del amor; y de la sequía y la lágrima salada como su contrapartida, su final.
Los amores nacidos en aguacero / suelen morir con la sequía
pero si la lluvia insiste / y enciende el fuego de la añoranza
seca la llama / con la sal de tus lágrimas

El poema de la p. 124 sugiere la relación de una lluvia suave con una relación amorosa ya pasada (que no moja), pero que no se olvida (aún duele).
esta lluvia / cabizbaja / tan sin palabras
es sólo humedad / calándose allá / donde no moja
Y agua que no moja / cuando salpica / duele

La piel sin lluvia, es Piel xerófita, en el poema de la p. 55:
Tramado desierto / que devasta el viento de tu nombre

Los cuerpos bajo la lluvia son naturaleza a merced del temporal. El erotismo se hace finamente presente, a través de la polisemia, el ritmo y la imagen, en el poema de la p. 140:
Neblinas y capines / arriba y abajo / lluvia mediante /
dos que se ausentan / carne arrebatada

Evoco la canción “Un bosque” de la banda británica de rock formada en 1976 The Cure.  Cuenta la historia de un hombre que busca a una mujer en un bosque. El hombre oye cómo la llama desde la lejanía, y corre hacia ella hacia lo profundo del bosque, pero de pronto se detiene para darse cuenta de que se ha perdido y que la mujer no está allí.
Acércate y mira / Mira en los árboles
Encuentra a la chica / Si puedes
Acércate y mira / Mira en la oscuridad //
Escucho su voz / Llamando mi nombre
El sonido es profundo / En la oscuridad //
Y empiezo a correr / De repente me detengo
Pero sé que es muy tarde / estoy perdido

Encuentro un tono existencial semejante al de los poemas que hemos revisado. Bosque y lluvia, en Yurimia, no aseguran un amor perdurable. Amenazan la oscuridad y la posibilidad de perderse.

En fin, concluyendo estas anotaciones, espero haber mostrado cómo “árbol y pájaro”, en Antonio Trujillo, son voz del Misterio, y símbolos del combate con la palabra creadora. En Armando Hernández, prestan auxilio al poeta para su mejor decir sobre la emigración y la muerte. Y en Yurimia Boscán, mientras que los árboles de su nombre –bosque, Boscán- son metáfora viva de los cuerpos amándose, el vuelo resulta ser el deseo acariciado, o tal vez negado como ilusorio, de la plena liberación.

Pero, ante todo, espero haber motivado a seguir leyendo y valorando a estos y otros poetas nuestros, hombres y mujeres, cuya escritura bien merece que estemos aquí hoy, honrándolos.

Es todo. Gracias.




[1] Hermenéutica y acción, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2008 (La metáfora y el problema central de la hermenéutica. La imaginación en el discurso y en la acción). 

jueves, 12 de septiembre de 2019

SIETE CORDEROS, DE NORYS SAAVEDRA



Abordo en este ensayo el poema de Norys Saavedra, Siete corderos, que se abre con esta dedicatoria: A mis hermanos. 
Conviene al poema este párrafo referido a la elegía (https://definicion.de/elegia/):
En una elegía se expresa de forma más o menos explícita la razón de la existencia. Desde el ayer perdido, hasta el mañana imaginado. Un género que intenta utilizando como elementos fundamentales la memoria y la palabra, transmutar al hombre muerto en palabra viva. A través del topos (el texto poético) se hace posible la recuperación de lo que se ha perdido; a través del poema aquel tesoro desaparecido puede tomar una nueva forma y pervivir y con él la palabra del propio autor más allá de la efímera existencia.
Norys recurre a la memoria de infancia, para evocar en la palabra poética a la madre, y hacerla presente de diversos modos: como fotografía del pasado, como anhelo actual de protección y consuelo, como palabra susurrada, como presencia en la naturaleza que habla de ella y por ella.
Recojo de otra página web una nota de interés: 
Resulta crucial para la elegía que la evocación de la persona retratada esté basada en el vínculo personal que liga al elegista con su objeto perdido. En este sentido, la elegía es una forma del trabajo de duelo, es una forma que complejiza las prescripciones en torno al duelo ‘correcto’ o sano y el patológico. 
El poema de Norys que me ocupa recoge de modo personal el trabajo de duelo, la propia experiencia, vivida como proceso de ausencia, dolor y sufrimiento, como presencia renovada.
Respecto al ámbito literario, se muestran en este texto algunos tópicos elegiacos que se irán detallando en la lectura. Unos están centrados en la madre muerta. Se presenta “como si estuviera viva”, evocándola en su cotidianidad y solicitud, en su palabra sabia pronunciada, en su unidad con la naturaleza que la manifiesta. Predomina en el poema el tono apelativo, en diálogo directo con la madre. Por otra parte, la madre se muestra consoladora: consoló y sigue consolando. No es ella quien necesita consuelo, sino sus amados.
Otros tópicos están centrados en la que escribe. Su dolor aparece simbolizado en las espinas clavadas durante la niñez, que ahora se hacen vivas. El rechazo al luto tradicional se refleja en la negación del vestido negro. El llanto se revela como “espesura en los ojos”. Se acude a la autolesión de las “dos manos en la candela” puestas “para quemarme”, y “que te lleves un fragmento de mi olor”. Se hace recurrente la necesidad de consuelo y protección.
Que los temas sean tópicos, no hace que se conviertan los versos en lugares comunes, ni mucho menos. Adentrémonos en el poema, en esta atmósfera elegiaca, para comprobarlo.
Como si al cuento de Los siete cabritillos y el lobo se entrara, (https://www.bme.es/peques/ELBUSINFANTIL/MATERIALES/CUENTOS/casa/cabritillos.htm)
Norys se sumerge en los espacios cálidos de la infancia para afrontar la muerte recién llegada.
Los siete corderos, amenazados por lobos o perros, ahora con la madre ausente, tendrán que ingeniárselas para arrostrar la vida. Pero quién será quien les dé de beber la milagrosa agua aromatizada, y les devuelva sus balidos. Como en voz en off se escucha la madre: “ponles agua de orégano”. Al ejercicio de poetizar se suma a la poeta la misión de continuar la vida de los suyos, de ser madre para ellos.

Esos siete corderos
muertos por perros
en tu hora de gracia
Llévalos al corral
ponles agua de orégano
resucítalos
en balidos

La vida en buena parte de Lara se asocia al agua, tan escasa, que logra extraerse de las plantas xerófitas locales; al carbón menudo, residual; a la pequeña ave, que alimentará al crecer, a la familia… Todo eso y más, será la leche de la madre para los corderitos. De modo que “no les alcance el mal”, “ni su pie tropiece en la piedra” y “hartura tengan de largos días”.

Que su leche sagrada
se convierta en el agua del cardón
en pichones de esta casa
carbón de orilla
el salmo noventa y uno

Se impone la realidad de la muerte, no obstante. El dolor que no cesa. La ausencia. El proceso de duelo ha comenzado. El ser de vida (agua) de la madre ha quedado suspendido en la real muerte.

Esa espesura en los ojos
no me deja verte
en la puerta
madre agua

La memoria es una ventana donde reencontrase. Al adiós sucede la música del recuerdo. Las letanías marianas, que acompañan los rezos postreros en la tradición religiosa, evocan el nacer del día. Oscuro día, sin embargo; con la madre ausente del hogar, sin sus reflejos. Y, no obstante, madre-estrella, luz tenue que sigue guiando.  Vaivén, péndulo. Presencia ausencia.

Estrella de la mañana
adiós
por estos lugares
donde están los sitios
cantados por ti

Ya no verte en los espejos
¿de madrugada hay sol?

El diálogo inaugurado en las estrofas anteriores acoge de nuevo la palabra de la madre: “toma una serpiente ciega”. Y acuden en tropel los recuerdos de gestos protectores.

Has dicho que las serpientes ciegas calman el dolor
sóbame el corazón con aguardiente
o yo te lo doy para que despiertes
de los muertos
Abrime el brazo de nuevo con tus girasoles
y los cuentos de animales hablando
O dame tu pie izquierdo que piso espinos
o camina con la leña en la cabeza sin caerte
Muchachita
Reina

El recuerdo del acompañar materno-infantil, en el sobar, contar, aconsejar antiguo, se actualiza en el día del dolor por la pérdida. En paradoja, es a la madre ausente, por quien se sufre, a quien se suplica seguir acompañando este nuevo sufrimiento, susurrando, abriendo, para que salga lo que punza. 

Ya no quiero vestirme negro abismo
Vaso sagrado de la leche de las cabras
abre mis manos
desciende tu voz entre mi cabello
Susurra con tu vértice de latidos
mis manitas
Ábreme la piel para que salga
la espina que tengo de volar a ras
de las arcillas

El dolor por la ausencia, va dando paso a otra mirada. La madre aparece iluminada. Primero en expresión condesada, metafórica. Luego en la tierra brillante de los montes secos. Seguidamente, en las acciones antiguas de la abuela y el abuelo, a pleno sol: hilada y alambique.

Lumbre
Taza de Oro
Fogón

Te veré allá en los laberintos
en el cerro de cuarzo

Voy a buscarte
cuando haga sol y
verte en las astillas
en la hilada de la abuela
que me persigue

Mi abuelo cantando coplas
venciendo el cocuy en el alambique
santo o morado, tornado, sol

Pero a esa luz entrevista, sucede el sufrimiento, de nuevo, simbolizado en la sequía, y en la distancia que recurre a la autolesión: más dolor, intentando mantener algún nexo de comunión.

Caracoles suben al cují
recitando: Dios dame agua de lluvia

Pongo mis dos manos en la candela
para quemarme y darte el pedazo de piel lunada
para que te lleves un fragmento de mi olor

¿Cómo explicar la muerte? La ausencia y la presencia entran en tensión de nuevo. ¿Al morir quedamos bajo tierra, sin más? ¿O nos perdemos en un universo mayor, árboles y ríos? ¿O tal vez regresamos a nuestro origen?

Estás debajo de las resinas donde busca el oso melero
el que amarré de niña
con la totuma de suero de ácida brisa
en estos árboles de hombres entre las piedras
de la quebrada que se bifurca
o regresaste al día de la comadrona por ese agujero
donde salías

La súplica por protección y la conciencia de la ausencia se expresa de nuevo en coordenadas de naturaleza. El duelo aún no termina. La tensión entre nueva presencia deseada, cobijo materno, y brusco corte que significa la muerte, continúa con la estrofa:

Corderita de la naciente
dame otra vez de mamar de tus pechos de sémeruco
Acacia cortada de la raíz de la tierra
ida con la tormenta secreta

El final del poema es plegaria. Se hace oración de atardecer acompañada con el instrumento musical y los cantos religiosos tradicionales del abuelo.

Ruego por ella
en los aljibes y los crepúsculos robados por gatos salvajes
Abuelo toca violín, anda
y canta en latín las salves de nuevo.