jueves, 26 de julio de 2018

EL NADADOR, DE RAMÓN PALOMARES


Al leer el poema El Nadador de Ramón Palomares (El Reino, 1958), el referente Whitman se me hizo omnipresente. Me propongo mostrar algunas de las marcas intertextuales presentes en este poema.

El sujeto en cuestión —nadador— es mencionado al inicio del poema:
Seas bello, joven nadador,levantado sobre las aguas…
Whitman, en la sección 46 del Canto a mí mismo, también lo evoca:
Durante largo tiempo has braceado tímidamente, teniendopróxima una tabla, en el arroyo;ahora yo quiero que seas un nadador intrépido…
En ambos casos, el subjuntivo en segunda persona abre un diálogo expresando un deseo, como de maestro a discípulo. Belleza-atrevimiento son rasgos admirativos hacia el personaje; alzarse-zambullirse son las acciones que se espera ejecute el cuerpo del nadador en contacto con el agua.

Aquí radica la cercanía de ambos poetas, en su pretensión de ofrecer –al tú, nadador, y de paso, al lector-  un Reino: el de la vida asumida en libertad. La mención de los cuerpos gozosos; el sentido erótico de los textos, más marcado en Whitman, ciertamente; y la presencia de la naturaleza   —sol, agua y viento—, son algunos de los tópicos en los que se va desgranando el poema de Palomares, con amplios referentes al Canto a mí mismo de Whitman.
La belleza y juventud se afirma en Palomares hasta en cuatro ocasiones: 
Seas bello, joven nadador,
Un reino para ti,joven, bello nadador,
Seas el limpio, dulce paño de las noches,y aparezcas, joven, bello nadador,arriba del milagroso altar,
Digno amparado de la luz,joven, bello nadador…
En la sección 11 de Canto a mí mismo, una mujer contempla a la hermosura de veintiocho mocetones:
¡Ah! El más rústico de todos es hermoso para ella.¿Hacia dónde acudes, señora? Porque yo te veo;chapoteas con ellos en el agua, y, sin embargo, permaneces retraída en tu cuarto.
Comenta Smith Ferrer:
La mirada de la bella mujer no es tan inocente, la pregunta efectuada por el hablante sugiere que la mujer los contempla con atención, incluso el más rudo o tosco le parece bello. Al contemplarlos, la mujer se apodera de ellos, acercándose y chapoteando con los jóvenes en el agua a través de la mirada y la imaginación.La exploración erótica se da a través de la mirada, la mujer observa a los bañistas, como nosotros -los lectores- la observamos a ella contemplando a los bañistas, convirtiéndonos en cierta medida, en voyeuristas de la experiencia erótica de la mujer. Me parece que esta es una de las secciones más eróticamente bellas de Canto de mí mismo, puesto que se logra la experiencia sensual sin existir contacto físico real, sino que todo es evocación, imaginación, sugerencia. A partir de este enfoque, erotismo y poesía comulgan en un mismo sentido: sugieren e impulsan la imaginación a través de la insinuación.
Sin los rasgos eróticos tan expresos, en el poema de Palomares se admira —y compara con un pájaro en el aire— el cuerpo del nadador en la acción de lanzarse desde lo alto. El contacto de aire con el cuerpo se hace táctil mediante los verbos desafiar-penetrar-silbar:
Sólo un pájaro distintodescendiente del más alto ramo del cielosea igual a tu cuerpoen la maravilla del salto.Al desafío de los airespenetras sus dominiosy en la caída silbas tu cuerpo.
En la ya menciona sección 11 de Whitman, la admiración por el cuerpo se detalla en el contacto con el agua o el sol. Barbas empapadas, cabellos chorreantes, cuerpos mojados, espaldas y vientres asoleados.  La mano de una mujer, y su cuerpo combado, le agregan un mayor contenido erótico.
Las barbas de los mancebos relucen empapadas, y el agua chorrea por sus largos cabellos;hilillos de agua se deslizan por sus cuerpos.Una mano invisible se desliza también por encima de sus cuerpos,Y temblorosa desciende desde sus sienes y a lo largo de sus torsos.
Anota Smith Ferrer:
La mujer los observa sin ser vista por ellos, los contempla y los ama… se describen los cuerpos de los jóvenes, y se describe cómo el agua cae por sus cuerpos, sus barbas y cabellos, imagen bastante erótica y sensual …aquella mano invisible (la de la mujer) pasa por sus cuerpos, acariciando sus sienes y torsos …con su imaginación ingresa en el placer del tacto de los cuerpos de los bañistas, apoderándose de éstos y disfrutando del acto de contemplación… 
El detalle en las piernas y brazos del cuerpo del nadador aparece en Palomares:
…levantado sobre las aguas,ajustadas tus piernas y cada brazo al muslo.
En Whitman, si bien no se trata de un nadador en esta ocasión, es oportuno traer el poema de la sección 13 en el que se describe el cuerpo de un carretero. Piernas, cuello, pecho, mirada, frente, y el sol sobre los cabellos, mostachos y miembros perfectos:
El negro que conduce el carro a través del patio empedrado,se mantiene firme y erguido, y apoya una de sus piernas en el pescante;su camisa azul descubre el amplio cuello y el pecho, aflojándose sobre su faja;serena y altiva su mirada, echa hacia atrás el sombrero descubriendo la amplia frente;el sol cae sobre sus crespos cabellos y su mostacho cae sobre el negro de sus bruñidos y perfectos miembros.Contemplo al pintoresco gigante, y lo amo…
De modo que no deben extrañar las afirmaciones contundentes de las posteriores secciones 21 y 48:
Yo soy el poeta del Cuerpo;
Yo he dicho que el alma no es más que el cuerpo,y he dicho que el cuerpo no es más que el alma;y que nada, ni siquiera dios, es más grande para cualquieraque una partícula de sí mismo,
Los cabellos, ya citados en Whitman, en las secciones 11 y 13, son mencionados por Palomares, en modo contrastado. Mientras en Canto a mí mismo el agua y el sol impregnan los cabellos, apacible y sensualmente, en Palomares se relacionan con un viento irrespetuoso.
Ni tus cabellos sean irrespetados por el vientoni tus labios tiemblen.
Los temblorosos labios son citados aquí por Palomares, sin detallar la causa de tal temblor, pero asomando un contraste con la sección 45 de Canto a mí mismo, en la que los labios son asediados por amigos, procurando un goce benefactor:
Mis amigos me abruman,asedian mis labios, se agolpan en los poros de mi piel,besan mi cuerpo con sus besos balsámicos,silenciosamente me estrechan con manos cordiales y me las entregan para que las haga mías.
Dirá Smith Ferrer:
Estos amantes sofocan al hablante llenando sus labios, los poros de su piel, estableciendo un contacto físico bastante intenso… la imagen del hablante sofocado por los amantes expresa una fuerza sensual...
La imagen en arco, de los cuerpos, es común a ambos poemas. En Palomares es el pecho del nadador:
Ni una rápida estrellaigualaría esa delicadeza:el arco mágico de tu pechoque se abalanza al agua desconocida.
En la sección 11 de Whitman, son los vientres de los muchachos, o la mujer sobre ellos, en su ensoñación apasionada:  
Los muchachos flotan de espaldas, sus vientres blancos se comban al sol, no preguntan quién se apodera rápidamente de ellos, no saben quién jadea y se aparta con un arco suspenso y cimbreante…
Comenta Smith Ferrer: 
Los jóvenes flotan en el agua, en actitud de descanso y relajación… Los jóvenes no saben quién jadea, pero el lector infiere que es la mujer, y este jadeo se relaciona con la excitación sexual que ella experimenta ante la visión y exploración de los cuerpos de los jóvenes. 
También el pecho se detalla en la sección 13 ya referida de Canto a mí mismo:
Su camisa azul descubre el amplio cuello y el pecho, aflojándose sobre su faja…
El cuerpo, en su desnudez, se evoca en Palomares, como cuerpo del nadador:
…desnudo,seas como rosa amanecida hoy para la aventura mortal.
En la sección 21 de Canto a mí mismo, la entrega del propio cuerpo desnudo al mar, se realiza en un antropomorfismo erótico memorable:
¡Tú, mar! Yo también a ti me entrego- yo barrunto lo que tú significas;contemplo desde la playa tus corvos e incitantes dedos;creo que rehúsas retirarte a menos que me acaricies;debemos realizar juntos un viaje, me desnudo, apresúrate a conducirme lejos, hasta que pierda de vista la tierra;Arrúllame, déjame adormecer sobre los muelles cojines de tus ondas;empápame con tu humedad amorosa; puedo restituírtela.¡Mar de las dilatadas y embravecidas lejanías!¡Mar del aliento amplio y convulsivo!¡Mar, sal de la vida! ¡Mar de las tumbas inesperadas siempre abiertas!¡Cómo gimes y te vuelcas en la tormenta! ¡Caprichoso y fantástico mar!
La desnudez de los amigos la destaca Whitman en la sección 45 referida:
Me empujan a través de las calles y de los salones públicosy acuden desnudos hacia mí en medio de la noche,
La mención de la espuma en Palomares está asociada a la injuria, al odio y a la muerte, amenazas para el nadador.
Seas impuesto sobre los voracesy la gran injuria de la espumaerrante, sabia de otros odios,no llegue a tu bocani entre a tu garganta como el leopardo de muertes.
Presente también en Whitman, bien diferente es el significado, ciertamente polisémico, de la espuma en la sección 11 de su Canto.
Los muchachos…no saben a quién inundan de espuma.
Para Smith Ferrer 
esta espuma representa la eyaculación, y ellos no saben a quién llenan de espuma, porque los bañistas no han visto a la mujer que los observa, pero ella ha vivido una experiencia erótica y sensual que la ha llevado a la excitación, manifestada en el verso diecisiete. Esta experiencia erótica culmina con la imagen de la espuma representando el semen que llena a la mujer.
Los elementos naturales, sol, cielo y mar, se vinculan con los cuerpos de modo notable. En Palomares, se compara el cuerpo con el pájaro o el sol. Se llega exaltarlo hasta divinizarlo junto al Olimpo del sol:
Más bien parezcas al sol,divino en su postura…
Sólo un pájaro distintodescendiente del más alto ramo del cielosea igual a tu cuerpoen la maravilla del salto.
El sol, que en las secciones 11 y 13 de Whitman, cae sobre los cuerpos en libertad, en la sección 45 se hace soles múltiples orbitando y curtiendo los cuerpos…
Mi sol tiene su sol, y alrededor de él gira obediente,con sus compañeros alcanza un grupo del círculo superior,y las órbitas acrecentadas forman manchas cada vez mayores entre ellos.
Prefiere cicatrices y barba y rostro maculado por la viruela, antes que todos los barbilindos,y aquellos que están bien curtidos antes que los que se precaven del sol.
El cielo de Palomares es rama o casa que salva al nadador de todos sus riesgos:
Caiga del cielo un ramo salvadory asido al fulgor de sus hojasabraces el día siguiente.
Seas salvado, joven nadador,hoy allí, frente a la casa del cielo.
El cielo de Whitman, lleno de estrellas en la sección 46, aún no salva. Es una cumbre a ser trascendida:
Hoy, antes del alba, trepé hasta la colina, y contemplé el cielo lleno de estrellas,y le he dicho a mi espíritu: “Cuando dispongamos de esos orbes, y disfrutemos del placer y del conocimiento de todas las cosas que en ellos existen, ¿reposaremos y seremos felices?”; y mi espíritu ha respondido: “No. Sólo alcanzaremos esa cúspide para transponerla y continuar más allá”.
Para Palomares es 
…el mar, gran atormentador de los navíos solitarios,
Previene sobre él al nadador:
Vayas siempre asido al cielosobre las brisas y altos fuegos de tormento.
Mientras que en la sección 21 de Whitman, según se ha visto, el mar es compañero amoroso, incluso en su furor. Con él se identifica la voz poética.
¡Cómo gimes y te vuelcas en la tormenta! ¡Caprichoso y fantástico mar!Yo soy idéntico a ti, tengo igualmente una fase y todas las fases.
Al mencionar Whitman al nadador intrépido en la sección 46, le pide:
…que te zambullas en plena mar, te alejes, me hagas señas y, riendo, avances contra la corriente.
En semejanza y desemejanza con Whitman, las evocaciones de Palomares refuerzan el tono vitalista y libertario que nutren el poema, aunque ya no será el mar el lugar de entrega del nadador, sino el mismo cielo su Reino.

Referencias:
SMITH FERRER MARJORIE (2005). “El erotismo en Canto de mí mismo de Walt Whitman”. Revista Chilena de Literatura, Abril, N. 66, 85-96, Universidad de Chile


miércoles, 13 de junio de 2018

NEÓN





Presentación: Los Teques, 12-6-2018

Neón, obra de Yurimia Boscán que hoy nos congrega, puede ser leída –perdón por la obviedad- de diversos modos. Aquí la abordo como texto de desamor, como texto de desamparo, y al modo de un texto de ajenidad y distanciamiento. En cualquiera de los casos, en el marco de lo que Pompilio Santeliz ha llamado “escritura desde el desastre”.

Como texto de desamor, el encuentro con los amantes está lejos de evaluarse, finalmente, como plenificante. Se describe como:
Sed calmada en un Bar oscuro… (página 14, primera edición)
Mi Bohemia, tu sudor (20)
mi Zona Roja (36)
sexo devaluado –al decir de Pompilio.

Los amantes del poema Hotel, lucen sin futuro (35); otros, quedan apenas convertidos en signos etéreos:
Murmullo… sílabas perdidas… nombre olvidado (18)
Número de teléfono… fantasma por el cable (31)
Ausencias (43)
A lo sumo, los amantes se han metamorfoseado en memoria sensible de: …un perro / besándonos la mano (32). Si alguna huella de amor han dejado, la conciencia de su sexualidad necrofílica o sádica es un aviso:
Los hombres que amo pastan… me borran… me degüellan… (44)

De más provechosa lectura me ha resultado el acercamiento a Neón como texto de desamparo. En mi ensayo sobre escritores de los Altos mirandinos, A la intemperie, incorporé Neón a la par de los textos de Franklin Trómpiz, entre otros, como un texto de este tipo. Si bien, en Franklin el desamparo es existencial, radical, total; en Yurimia se trata de un desamparo fragmentado, parcial podría decirse, constreñido a su origen citadino, aunque no por ello insustancial. Finalmente, será también grieta existencial.

Para estudiar Neón como texto de desamparo, una primera clave estructural la dan su primero y último poemas. Allí –en ambos- está la ventana.  
Desde mi ventana vital / salta mi voz
se lee en el primer poema (6); y a lo largo del poemario la ventana permanece abierta y cercana. Desde ella se habla y se observa la ciudad:
Casi muerta miro todos los rostros / desde la extraña ventana / compañera (21)
Y la ciudad parece responder, en semejanza y desemejanza, con la conocida lira de Becquer: volverán las oscuras golondrinas, con el ala a sus cristales… En Neón serán las alas de paloma / en la ventana (30). El tono romántico ha desaparecido.
Al final del poemario, la ventana se ha cerrado:
Ya la diosa ciudad no toca mi ventana  (46)

La voz de la ciudad es voz mutante. El grito permanente es transformado en sudor y contaminación:
La voz se vuelve / monóxido salivado //
En las noches / aúlla la ciudad (7)
Perpetuando en las voces / mi transpirar (9)
…los gritos no me pertenecen (22)
Gritos y más gritos / alguien debe haber muerto  (25)
Lo más sigiloso e íntimo de la voz, susurro y murmullo, en la ciudad se trastoca en ruido ensordecedor  e incomunicación:
…el susurro / es una moto… (7)
…el murmullo apareado / de sílabas perdidas (18)
Incluso la entrañable música, solo marca la separación:
La música sirve de telón  (20)
Efímera / guitarra distanciada / de esta voz (34)
La evocación de El muro de Pink Floyd, agrega al poemario una mayor carga de distanciamiento respecto de esta ciudad.
¿Qué diría Floyd / si me viera / contra su pared? (46)

Al final, cuando el trayecto ha sido recorrido, la temprana advertencia, Pasajera soy ciudad (6), ha sido confirmada. Se cierran los poemas desde la mirada objetual. Se ha roto el vínculo con la ciudad. Esta no ha sido la madre protectora esperada: La ciudad es madre / que aleja y no alberga (28). Solo queda el tránsito cargado de interrogantes: Repaso el trayecto y me pregunto (46).

El recorrido vivido en la ciudad ha sido doloroso, y no solo para el espíritu. Cuerpo y alma andan en desamparo. Los sentidos no pueden evadir el transcurrir por la ciudad. Es parte del camino verlos sufrientes, heridos.
Los sonidos son perturbantes, según se ha referido ya: grito y aullido de la ciudad. Entre motos y ruidos diversos, un pregonero  (30).
La vista sufre con luz de subterráneo (8). La hieren un bar oscuro (14), el fogonazo luminoso (9), las luces amarillas, el semáforo (25), los reflejos (10), el color naranja de las orillas (15), el claroscuro (36), la noche embombillada (18), las luciérnagas / suicidas (22).
Hay una pausa. Los ojos perciben la ciudad:
…se detiene lenta / ante mis ojos (14)
…miro todos los rostros (21)
Y duelen  …los ojos de los niños…  (41).
Se cansan los ojos de ver tales cosas:
Tengo ojos viejos (38)
…un Abril de ojos marrones (42)

El cuerpo aparece una y otra vez ligado fundamentalmente a las secreciones orgánicas (sangre, saliva, sudor, transpirar, lágrima) y a la sexualidad (desnudez, ovario, sexo, sed, respiraciones, soplo, pies, cuerpo, boca, entrañas, mano, entre-piernas).

Los fluidos corporales denotan el malestar del cuerpo
monóxido salivado… (7)
En el autobús repleto de secreciones
…cubriéndome de hollín…. // mi transpirar (9)
La esperanza // no distingue / lágrima de sudor (10)
tu sudor (20)
Andante melancolía / sudorosa (23)
La sexualidad desbordada sigue el ritmo encendido de la ciudad:
Desnuda voy… (6)
abrazar el sexo abaratado…
atar su sed / a un bar oscuro (14)
…entre respiraciones (16)
…pies al ritmo / cuerpos al son (20)
Estas ciudades / con sus bombillos de pieles / encendieron el entre / de mis piernas (44)

Unas pocas veces se agregan –respecto al cuerpo- términos vinculados explícitamente al dolor, la tristeza o la soledad:
rostros… cabeza agachada…
dolor en la cordal… en el ojo… en el ovario… (11)
Les duele / tanto hueco húmedo (38)
Tanto es el dolor que el yo se quiebra, y se suplica el fin de tal acechanza:
Tengo grietas… (29)
Que no me duela más / el lado de la cerca que me toca (41)
Hasta la experiencia de la muerte se hace audible a través…
de esta voz / que canta / su propio funeral  (34)

Sufrir físico e interior y muerte recuerdan a Vallejo, en los llamados “Poemas humanos”:
EL ALMA QUE SUFRIÓ DE SER SU CUERPO
Tú sufres de una glándula endocrina, se ve,
o, quizá,
sufres de mí, de mi sagacidad escueta, tácita.
Tú padeces del diáfano antropoide, allá, cerca,
donde está la tiniebla tenebrosa.

En suma, no poseo para expresar mi vida, sino mi muerte.
Y, después de todo, al cabo de la escalonada naturaleza y del gorrión en bloque, me duermo, mano a mano con mi sombra.

PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA
son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...

Nótese la unidad cuerpo-alma en el sufrir, la unidad de vida-muerte, y el juego fónico “huesos húmeros”, en Vallejo, y “hueco húmedo”, en Yurimia. Estamos preparados para la cita explícita:
Como Vallejo, sé que no sé… (42)

Para acercarme a Neón en mi tercer intento, como texto de ajenidad y distanciamiento, me permito apenas evocar a dos conocidos poetas andinos, Ramón Palomares y Pedro Ruiz, con sus textos Vuelta a Casa y Campesinos, por lo que de común tienen con Yurimia. Su mirada sobre la ciudad –al retorno de ella- tampoco es cálida.
De reciente lectura, gracias a la preciosa obra que cayó en mis manos Regiones verbales, del amigo y poeta Trujillo, cito a Ramón Querales, en una aproximación similar:
… mientras uno viva allá (se refiere a su caserío), uno vive en la familia y se prolonga en las familias indígenas, entonces uno, cualquiera de nosotros que logre ese destino es inmortal, pero en cambio en la ciudad se hace mortal y pierde toda la fuerza que da la tierra.

Por distintos motivos y trayectorias, y aunque no del mismo modo, parece unirse Yurimia a estos y otros escritores venezolanos con pasaje de ida y vuelta a la ciudad. El título mismo del libro de Yurimia refiere el brillo y la fugacidad de lo que fue. Neón es un texto antiguo, que tiene casi dos décadas de imprenta; pero es más, cuando fue publicado por vez primera (2001) ya se remontaba a un tiempo pasado, tanto en lo cronológico, pues evocaba experiencias de la autora a lo largo de los años anteriores, cuanto en la perspectiva anímica: el brillo de la ciudad se ha  apagado.

El poeta Omer Machado, a quien conocí en Aragua, por ejemplificar en contraste, es un amante confeso irredimible de la ciudad.  Estructura su poemario Ciudad en que muero y otros amores en torno al amor y la muerte en la ciudad. Amor que se expresa en metáforas marinas, pero sobretodo amor “vagando en sepulturas”, amor “de un autobús”, “amor de las esquinas (15), amor “de las tascas de la ciudad incesante” (21): “Vengan amores, los invito / Beban conmigo los días de mi ciudad” (15); amor “de dos” (33), amor -finalmente- a la misma ciudad: “dile a mi ciudad que hoy la espero para embriagarnos” (25). (Omer Machado. La campana Sumergida. 2005. 68 pp.). No sucede así en Neón.

La ciudad vivida como tránsito, tras el que el yo poético se interroga, permite acercarse al texto de Neón como una puesta en escena, apalabrada, de la lucha espiritual vivida. El paso por la ciudad se describe al modo de un ritual. Ritual que permite el avance de una a otra etapa: ritual de tránsito que exige sacrifico de sí, sangre incluso. Ritual que, por otra parte, entraña un encuentro con el dolor personal, con la pena y el pecado, para -desde ahí- iniciar la transformación:
Desnuda voy / en shamánico ritual / cubierta de sangre y pena… (6)
A esta ciudad me inmolo (23)
pretendí reconciliarme (17)
Mis pecados y presagios… guardo en mi closet (43)
Al modo de Rilke, que pregona:
ansía la transformación, entusiásmate por la llama…
Este es el pago para acceder a la ciudad de la utopía soñada:
 para volver –en harapos- / a mi Arcadia  (6)
Utopía que, por otra parte, es caracterizada de diversos modos,
en el afán deseante, aéreo: … quisiera volar / como el Hombre Park (22)
o tal vez: En silencio // en El Silencio (21)
o en la identificación paradisíaca con la naturaleza:
Me convertí / en hormiga / en jardín / en sombra en chaguaramo (17).
Y, sin embargo, se arroja una duda impertinente sobre ese final feliz:
Había una vez / un rincón con flores y lluvia / ¿o lágrimas? (24)
Así surge la pregunta indirecta sobre si tales rituales y plegarias habrán alcanzado a un Dios ignoto quien, desde sus alturas, hallará difícil el reconocimiento del hondón humano:
Rezando a no sé qué Dios / en las alturas / desde el fondo (24)

Evaluado el ritual ya consumado, la ciudad interpelada se ha mostrado ajena. La misma ventana compañera resulta ser la extraña ventana (21). La relación interpersonal ha desaparecido. El trabajo se ha vuelto sinsentido, la contaminación lo penetra todo:
…no hay rostros (8)
…la gente corre de prisa 1(6)
…con el absurdo trabajo cotidiano (24)
Me confundo /…/ cubriéndome de hollín (9)
La violencia se ha tornado periódica rutina:
… la luna galopa sobre una cuchillada (7)
El poema más leído / en mi ciudad / es la página roja (8)
La Venezuela violenta diseccionada genéticamente en el texto homónimo de Orlando Araujo se muestra con toda intensidad en la ciudad que es Caracas. El drama social se revela sin máscaras en los cerros que la rodean:
La ciudad se eleva… // Allí está la otra parte… // Simulan vivir…
…mientras más alta / más hondo nos socava (15)

Los versos dedicados al closet, como casa de refugio, traspasada la línea ecuatorial del  poemario, indican que el cuerpo tiene por fin un lugar para su reposo, un habitáculo:
En la casa de mi closet / habita mi cuerpo (28)
Aunque sea pequeño espacio, en él se construyen balcones y cortinas, protección de la orfandad (28).

El ensayo de Kristel Guirado, leído con ocasión de la Filven – Los Teques, (30-11-2016), penetra excelentemente en esta perspectiva del closet y la casa, que vincula este poemario con la obra Ama de Casa.

Y no sólo el closet. La mención de mi casa de Las Colinas, casa de infancia, y La neblina a cuestas (25) permite realizar la aperturidad de este a otros poemarios de Yurimia: Ama de Casa –ya referido- y Los últimos días de la casa.

Estamos en la frontera de lo vivido en la ciudad-Neón. El ritual se ha consumado. La distancia ha sido marcada. El desamparo, conjurado –al menos por ahora. La vida se mantiene en pie.

Se me ocurre leer hoy Neón como metáfora del país. Amores idos, desamparo y distanciamiento nos dan que pensar. ¿Será posible hallar la casa de Las Colinas por todas y todos añorada. Estamos aún a tiempo? Y si no fuera así, ¿cómo haremos viable la continuidad de la vida? Es el gran poema que tenemos entre manos. Mientras tanto, leamos Neón. Que la poesía nos vuelva eternos.

jueves, 12 de abril de 2018

MALVASÍA, DE ANTONIO TRUJILLO (I)




La obertura de la obra sinfónica que representa Malvasía  (2017, San Cristóbal: Acirema), la constituyen sus dos primeros poemas breves.

El primero redunda  en los principales temas de la poética de Trujillo. Y redunda intencionadamente,  espoleando a los descreídos de la poesía, con la memoria del árbol y el ave. Una y otra vez, la poesía es esto y, sin embargo, surge en permanente ejercicio de re-creación, como si siempre fuera nueva.

Es la misma escritura, por una parte, y, no obstante, al evocar  la Sagrada Escritura judeo-cristiana en sus primeros versos del poema-mito de la creación, según los cuales el espíritu-aliento  (ruah generadora, en hebreo, femenino)  es el que aletea sobre las aguas, esta mismidad se hace partícipe de una fuerza que la hace otra: creación original. Es así la vida, como es la poesía.

Palabra y madera, los eternos tópicos de Antonio, vuelven a asomar en sus versos. Para el poeta y carpintero-artesano, la palabra es labrada, como la madera; del mismo modo como es  labrado el ser. Del barro fue moldeado el primigenio humano, en la antigua cultura constructora en arcilla, arraigada en Oriente Medio. De maíz es creado el ser humano, en la cultura meso-americana. De madera –en otro mito germinal- gusta crear y recrear el ser, el poeta Trujillo.

Así, abrir el texto al lector es hacerlo cómplice de la obra creadora que se inaugura. Pero es también, y aquí viene el segundo poema, prepararse para un viaje. Es, en el caso de Trujillo, el viaje del que se lanza a la aventura marítima. El barco será la casa. Las vigas ya anuncian el mar. Un poema del cuerpo del texto se referirá a este carpintero de orilla, sin taller, a descampado, alojado entre dos inmensidades: la del bosque y la del mar.

El viaje físico anuncia el otro, el de la interioridad. La lija del carpintero es poca para tal viaje. Dios y el viento hacen su tarea. Naturaleza y Misterio se hermanan. Universo, cosmos, energía, Dios, trascendencia: la religión tradicional estalla, como los nudos de la madera. La madera es una; otro el aliento del artesano: sus idas y retornos, sus proyectos y deseos; el alma / de entrar y salir. Es hora de la partida.

La portada escogida, fotografía de Fina Gómez, Premio nacional de fotografía 1992, completa la obertura: una barca desvencijada en la playa. Es posible que a esta, le suceda otra barca que se adentre en el mar. El lector está listo para abordarla.



MALVASÍA COMO DINÁMICA ESPIRITUAL INICIÁTICA (II)

A partir de Corpus Christi (1952), hay en Malvasía un conjunto de cinco poemas dedicados a la memoria familiar y de infancia, marcados por el asunto de la fe religiosa. Se aborda en el primero de ellos la visión tradicional del padre; parece compuesto a partir de una antigua foto en la que se atrapa al padre, en el contexto de la elaboración artesana de una alfombra de flores para la procesión de Corpus Christi. La fe paterna queda asociada a la “flor” (símbolo de pureza y santidad) y a la elevación (“otra alfombra”, más allá de “la calle (que) es de tierra”), a lo celeste (“el nombre azul”) y a las imágenes nimbadas de San Antonio y de una virgen con ojos de misterio (que evoca la imagen de la virgen de Guadalupe, cuyos ojos han sido objeto de estudio al microscopio).

Otro modo de fe tradicional representa la abuela republicana. Desde el silencio religioso impuesto a los vencidos, “habla y apenas/ roza las palabras”. Y, sin embargo, “dicta desde el arca”, desde lo arcano de su saber, desde lo bien guardado. No se somete a las nuevas generaciones, con Dios ausente: “¡búrlense! ya Dios/ se burlará de ustedes”. Ni tampoco a la religión que representan los vencedores de la guerra española: “¡el fascista de tu padre!”.

La fe de la madre, por otra parte, se entrega a las cartas, hojas de millo y duraznos que le hablan: “Sota de oro/ y rey de espadas”. Ella guarda las palabras acerca del hombre que amó: “ni ha muerto/ ni regresa”. Guarda “esas palabras” en el corazón, como María, la madre del galileo Jesús,  que, en el relato del Evangelio cristiano de Lucas, guarda lo acontecido (Lc 2, 19 y 51).

El yo poético del siguiente poema, se reconoce en la infancia –en un tú con el que dialoga-. El niño supera los miedos, traspasa las prohibiciones, levanta losas. El cielo, y con él las visiones religiosas tradicionales que anteceden, es hundido en un aljibe, ahogado. Algo nuevo sucede. La transparencia del agua. Las piedras del fondo. Un abismo –el primero de la vida, que tantos otros prepara-. Dios.

Otra experiencia espiritual, sanadora, de la infancia -ahora no diálogo, sino memoria-, recoge el ritual sagrado de haber sido marcado “con sangre de drago”. Hace referencia el poeta al hecho de ser colocado horizontalmente, en brazos de un oficiante, con los pies en contacto con el árbol de drago, previamente recortado -y sangrante- para el ajuste en la madera de los pies del niño. El niño sanó. El vínculo con el árbol marca su vida. El poema remite a esta experiencia espiritual que guarda -al yo poético actual- “en lo salvaje”, en la religión natural, de la vida y la planta. El poema termina con un reto, “ver si puedo”, frente a visiones espirituales tan diversas, “atar”, y, finalmente, atreverse a la libertad espiritual, “cruzar a nado// la playa/ de mi espíritu”.



MALVASÍA: “EL MAR LA LLAMA” (III)

Luego viene el mar, las aguas. Me refiero ahora a un conjunto de poemas entre las páginas 18 y 37. Es el mar que trae a tierra antiguos dioses náufragos para someterlos a nuevas divinidades.

Mar que sobrevuelan aves salvajes, misterio que se ofrece. Síntesis espiritual entre el dios tradicional de convento y tridente, y el más libre, de arena y pájaro. Ave -cernícalo- que se eleva y desciende, que oscila entre el arriba de “prestigio” y el abajo del instinto. Ave que atraviesa riscos y planea sobre el estanque, herida de sol. Ave que, en cierto instante, se deja llevar por la luz, por el sagrado impulso del vacío.

Y en la mar, la fiesta. La malvasía del título, es entonces el vino canario, apreciado desde antiguo en Inglaterra y Norteamérica. Es vino que se transporta -y se añeja- en el vaivén del océano;  fiesta (“lumbre”) de las islas, para disfrute abierto con otros pueblos. Malvasía es también la variedad isleña de la uva a quien, desde lo profundo, “el mar la llama”. Y es, en juego de lenguaje, mar-vacía, palabra que se hunde y renace.

El trayecto niebla-mar-islas-mar-sombra se recorre en uno de estos poemas, excelentemente logrado desde la perspectiva estructural (p. 27). Recuerda aquellos versos del emigrante isleño Armando Hernández Quintero (Odiseo, Cantos Alisios, 15), que a su vez recoge la memoria del antiguo relato griego de Ítaca y Odiseo:
sólo una trasparencia / que a veces se pierde, / y el mar / aquí / y allá.
De él salieron palomas de nieve y fuego, / por él transcurrimos.
(Con una notable diferencia: en Odiseo, el mar es “Condena infernal”; en Canción de mar - Malvasía, el mar luminoso se vuelve cielo. Es curioso el mismo lenguaje del mito cristiano de fondo, bajo los términos contrapuestos: cielo-infierno).

Y luego, en alta mar. Ya sin aves. El humano acontecer. Las mismas diferencias. Proa y popa, dos modos de ser. Jolgorio incontenido en proa; espíritu reposado, de luz y agua, en popa. La muerte acompañada hasta las aguas, en una sábana de resucitado.

De nuevo, las aves anunciando las islas, los volcanes, la cercana costa, el puerto. Trinidad, Jamaica o Borburata. Ya en tierra firme, el mar hecho memoria de cielo.